Palabras, palabras, palabras…

Tenía planes para este fin de semana pero los he aparcado. Suelo hacerlo a menudo, aparcar planes, por obligación o por imposición. 

Los he cambiado. He decidido transformar mi casa, cambiar los cuartos. Subir el dormir, bajar el limbo. Trastocar su orden. Entre tanto en mi pensamiento se enreda una obligación, llamar a Aubin, seguro que necesita mi ayuda. Pero también tengo que ir a la ferretería, tengo que comprar unas juntas para que no gotee el grifo nuevo de la ducha que me puso ayer apresuradamente Al cinco segundos antes de recibir una llamada que le accionó el resorte del adiós.

Uno de esos resortes…. Uno de esos resortes que vi en otro unos pocos días antes y que me obligó a escupir: No puedo. No puedo. No puedo. Para, para, para…

En esto estoy meditando y de repente me pongo a vaciar el armario. Se acabó el verano y toca la ropa de invierno. Descoloco, selecciono aquello que no me he puesto en todo el verano, lo doblo y me paro: ¿Me deshago de esto ya?

Dímelo y me deshago de esto ya. Dímelo. Sé hacerlo. Sé deshacerme de cosas, casas, mochilas… personas.

Traslado de tres en tres las piezas de un armario a otro. La vecina me toca a la puerta. Me cuenta todo lo que tiene que hacer. Si no tuviese tantas tareas pendientes me barrería mi puerta de los mosquitos que han llegado con la lluvia y con no sé qué aguas fecales desviadas. Miro al suelo y observo a los moribundos alados entre hormigas gigantes recién llegadas y nada invitadas. Le miro, le escucho, le agradezco la intención y, sin ninguna intención de hacerlo, le digo que no se preocupe, que yo me barro. Yo me barro a mí misma. 

Yo sé hacerlo. Barrerme. Necesito impulso. Facilítame el impulso. Barro y cierra la puerta. Pero de verdad. No la dejes medio abierta. No más. Para, para, para. 

Decido que dejo lo de la ropa para cuando trastoque mi hogar. Sería doble esfuerzo y no me gusta malgastar el esfuerzo. Vuelvo a recolocar por esa manía mía del orden que no me deja dejar nada a la vista pendiente para colocarse otro día. Definitivamente tendría que haber llamado a Aubin.

Ya lo tengo: Los libros y las estanterías. Avanzo con ánimo y cojo una foto dispuesta en uno de los muebles que voy a subir al futuro espacio del sueño. La apoyo en el escritorio. Me paro.

¿Y si mañana no tengo ayuda? No puedo hacer la transformación sola. Esto no puedo hacerlo sola, me digo con rabia por necesitar ayuda. Vuelvo a colocar la foto en su sitio. No me arriesgo a su descoloque, por eso de mi manía del orden.

Necesito ayuda. Necesito tu ayuda. Me paro. Me paro. Me paro

Le mando un wasap a Al: “¿Me vas a ayudar mañana? Besos, abrazos. Te quiero”. Sin respuesta.

Y a mi cabeza vienen palabras, palabras, palabras. Palabras del otro: Animaladas. Palabras mías: Te quiero.  Por lo visto significan lo mismo.

Lo mismo. Lo mismo. Lo mismo. ¿Lo creo? ¿No lo creo? 

No lo creo. Me paro. Me paro. Me paro. 

Estoy imprensionada, descolocada, anonadada…Busqué qué significaba literalmente animalada en el diccionario. Entre otros sustantivos, sus sinónimos son: burrada, salvajada, barbaridad, necedad.

Efectivamente, aquel que describa amor como animalada es un grandísimo necio.

Me paro, fumo, bebo, me cabreo y decido escribir…Palabras, palabras, palabras. 

No voy a barrer, no voy a colocar, no voy a descolocar, no voy a subir, no voy a bajar.

Vale ya. Voy a parar. Voy a olvidar. Voy a congelar. Voy a cambiar. Voy a cerrar.

Cuidado con las palabras… Y con los pulgares.

Se lo dedico al torpe necio. Para ti 80 veces

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