Cap II. Mamá

Tras el Día del Cambio, el tiempo fue pasando de una forma diferente a la conocida hasta el momento. Con falsa calma, esperadas tormentas y continua incertidumbre.

En uno de esos años indeterminados, mi madre decidió cerrar el balcón de casa. Fue una buena idea porque ese espacio inútil era un rectángulo creado para el beneficio del viento que con furia solía visitar el barrio día sí y día también.

Mamá se gastó un dinero que se esfumaba rápidamente en poner tres grandes ventanales con tres grandes estores. Y así comenzó el ritual de bajarlos continuamente para no permitir la entrada de la luz natural a la que yo siempre daba la bienvenida. Nos pasamos años ella bajando y yo subiendo los dichosos estores que, finalmente, terminaron cabreándose dando por concluida la batalla atascándose por sí mismos.

En el nuevo cuarto custodiado por las tres grandes ventanas, mi madre me puso una repisa, una mesa y una silla, reconvirtiendo el balcón del viento en mi estudio. Creo que yo ya entonces trasnochaba, o puede que fuese entonces cuando mis sueños abandonaron la noche.

No recuerdo muy bien los tiempos y duraciones, pero sí tengo retenida en la memoria épocas en las que andaba viviendo en la noche, con mi Soledad. Pintaba, leía, escribía, oía música, todo en la noche. Y en el día deambulaba entre los despiertos, durmiéndome en cada rincón que me daba un poco de tranquilidad, entre voces, lecciones de matemáticas, recreos.

Allí, siempre de noche, escribía con terribles faltas de ortografía, relatos, sentimientos, bocetos de cuentos, todos abandonados o inacabados. Comencé diarios que nunca terminaba y empecé a volverme una adicta a las libretas, libros en blanco, folios de todos los colores, bolígrafos, rotuladores. Me convertí en una adicta a todo material de papelería más modernista que encontrara en los comercios. Pero cada hoja que rellenaba la dejaba de lado, a mitad de página, o con sólo dos o tres pobres cuartillas garabateadas.

Con los diarios cogí la manía de escribir grandes letras y cortos mensajes, tétricos y llenos de suplicas, acompañados de garabatos de precipicios, rocas, oleajes, niñas ausentes, niñas solitarias, cuerpos abandonados. En unas páginas deseaba mi muerte, en otras suplicaba cariño.

Eran diarios infantiles con sus respectivos candados adornados por portadas de monísimas niñas llevando ramilletes de flores. Esos pinitos literarios los apilaba en la repisa de mi dormitorio, custodiados por sus frágiles y ridículos candados.

Con el tiempo, en ese presente difuso, los diarios se quedaron olvidados en la pequeña repisa infantil mientras yo también iba abandonando la manía de escribir tétricos mensajes. En ese pasar del tiempo iba sustituyendo a la Soledad por la Evasión. 

Muchos cuadernos después, cuando iba a la universidad, volví de vacaciones a casa. En esos años vivía en otra ciudad, en otra punta del país, intentando crear un destino, tomándome un descanso de mi realidad, cogiendo fuerza para los veranos, las Navidades, las Semanas Santas.

En ese regresar a casa, no sé por qué, de repente me acordé de esos diarios, o simplemente me percaté de que no estaban donde siempre, y le pregunté a mi madre. Con vaguedad me respondió que no sabía. Bueno ¡Qué más da! y tal como vino mi atención por ellos, repentinamente, de la misma manera los olvidé, repentinamente. Mi madre sabía cómo desviar mi interés.

Los infantiles y miserables diarios volvieron a mí mucho tiempo tiempo después.

Antes del Día del cambio, Mamá era una mujer muy bella. Yo lo sabía pero no le daba importancia. Era una joven morena delgada, estilizada, elegante y con estilo. No sé, supongo que daba por hecho de que mi madre tenía que ser bella. No la comparaba con las otras madres, no me percataba de la admiración que provocaba en la gente cuando la conocían. No sentía esa dulzura que la caracterizaba, ni ese sentido del humor burletero atrayente. Es curioso que ahora piense en ello.

Su carácter era otra cosa, eso sí que lo tenía analizado. Para mí su actitud era fea, tan fea como bella su apariencia.

Antes del Día del Cambio, Mamá no me gustaba. No nos gustábamos. Para ser justa, ella hacía su papel de madre como podía o sabía: Me regañaba constantemente por inquieta; me apuntaba en clases extraescolares que yo odiaba; me repetía el menú del almuerzo tanto que llegaba hasta aborrecer comer; me castigaba en mi cuarto si no la obedecía, me pellizcaba cuando la ridiculizaba en público. Me gritaba. Me amenazaba con castigos inútiles. Pero siempre estaba a mi lado, levantándome para ir al colegio; peinándome frente al espejo del pasillo; esperándome a la salida de mis clases; llevándome a tirones al dentista; llorando cuando el oculista me puso gafas y andando preocupada continuamente por mi altura.

Mamá tenía un presentimiento fatídico e incluso obsesivo de que me iba a quedar enana. Me llevó a infinidad de médicos que sorprendidos intentaban tranquilizarla ya que consideraban que mi estatura era normal para mi edad. Esfuerzos inútiles porque mi madre comenzó un ritual que consistía en incrustarme todas las noches en la puerta de mi dormitorio para marcar los avances de mi desarrollo. En esas ocasiones, movida por el cansancio, a veces me intentaba poner de puntillas sin que se diera cuenta para que la marca subiese un poquito.

La preocupación de mi madre por mi estatura desapareció sin más el día que pintamos la puerta de mi dormitorio… Después del Día del Cambio. Ahora, al ver las fotos de mi infancia entiendo su inquietud ya que parezco una niñita enana con cabeza grande y un cuerpecito empeñado en no seguir la corriente.

La dedicación de Mamá por ser madre terminó el mismo Día del Cambio. Bruscamente y sin darme cuenta me vi sola marchando al colegio, peinándome sola frente al espejo del pasillo, sin clases extraescolares y vistiéndome como me entraba en gana. De repente, los papeles cambiaron, yo seguía a mi madre mientras ella deambulaba silenciosa por los cuartos de casa para correr las cortinas de sus ventanas y no dejar entrar la luz.

No sé qué día descubrí que mi madre se abandonaba al  Desaliento. Otro amigo que se me presentó tras el Día del Cambio. Creo que uno en el que yo le seguía como perrito faldero mudo y expectante hasta que se dio la vuelta, abrió la puerta de casa y me echó con un: “Vete a jugar con tus amigas”.  Me negué, quería estar con ella. Pero, ella me respondió con serenidad y frialdad: “No vas a estar detrás de mí toda tu vida, vete a la calle y déjame sola”.

Desde entonces, Mamá vivió en su soledad impenetrable durante veinte años más. Eso sí lo recuerdo.

Se lo dedico a la Puta Vida.

Capítulo III. La Exprincesita

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