Capítulo I. El Día del Cambio

Un día, en mi niñez, decidí que lo que yo quería ser de mayor era escritora. Lo guardaba en secreto, supongo que por timidez, y cuando los adultos hacían la inevitable pregunta de “¿Tú que quieres ser de mayor?” no recuerdo que les contestaba, cualquier cosa excepto escritora mientras me decía a mí misma, yo quiero escribir bellas historias que emocionen al mundo.

No sé a qué edad comencé a soñar con mi utópica profesión, pero seguro que fue después de la muerte de mi padre. Después del Día del Cambio.

Antes del Día del Cambio yo era una típica hija única mimada y consentida. Así me describen los que sufrieron las torturas de mi fuerte carácter infantil. En cambio yo me defino como una pequeña rebelde incomprendida.

Recuerdo que jugaba a ser una niña rara que no andaba con muñecas o cocinitas, sino con cuentos y recortables. Cuando me encuentro sumergida en una de esas charlas inevitables que evocan los típicos juegos de la niñez, casi veinte años después persisto en esa manía mía de mostrar mi infancia diferente, aunque confieso que yo sí jugaba con muñecas y… con mi padre, mi mejor amigo, mi compañero de juegos, mi maestro, mi ancla, mi torre.

Ya casi todos los recuerdos de mi padre me han abandonado y otros se han aliado con mi imaginación para, de vez en cuando, dar un paseo por mis sentidos. Entonces, cuando penetran en mí sin avisar, los agarro con fuerza para que no escapen. Tanto que frunzo el ceño y los ojos para deleitarme entre los recuerdos juguetones.

Me veo, o mejor, revivo que soy una mocosa rubia leyendo tumbada boca abajo en la alfombra de mi cuarto. Tebeos de Mortadelo y Filemón, de Superlópez, Asterix o de Mafalda repartidos desordenadamente por el suelo mientras yo balanceo las piernitas de un lado a otro cada vez que paso las viñetas.

Recuerdo la encarnada barba de mi padre por encima de su guitarra. Los acordes y su voz dando melodía a himnos de libertad. Mientras, una patosa cría revolotea a su alrededor y estorba con dedos regordetes las cuerdas de la guitarra del papá paciente. Yo me empeño en seguirle muy pegadita con ritmos y balbuceos incompresibles acompañando al desafino infantil.  Recuerdo la calma de mi padre y su empeño en enseñarme a buscar mi tono.

En la cama de mis padres. Los dos panza arriba, hija y padre. Desnudos hasta la cintura, con los brazos descansando por encima de las cabezas y enlazados con una mano mientras nos adormilábamos.

Las nanas de la noche que acababan con el miedo, las pesadillas y los monstruos de los armarios.

De la pequeña rubia escondida bajo la cama, con grandes gafas que se resbalaban por su nariz, con respiración entrecortada, con sonrisa secuestrada y atenta a los pasos de papá, siempre precedidos por el silbido de “Dónde está la enana”.

Recuerdos de los campings de verano, de las divertidas rulots y caravanas que nos llevaban de vacaciones, de las carreteras y las canciones, recuerdos de policías y ladrones postizos persiguiéndose.

Recuerdos de mi padre desmayado junto a la cama, de familiares paseando nerviosos en el salón de mi casa.

Recuerdos de sus señales de adiós, de su último beso. Y así salto de un trozo de recuerdo a otro, sobre él.

Antes del Día del Cambio todo era claro y simple. Un día seguía al otro y mi pequeña familia obedecía el guion disciplinadamente hasta que mi padre se cansó de seguir los capítulos y repentinamente tomó el atajo hacia el fin. Se despidió a su manera y se fue, sin más, sin barullo.

Hasta el día del cambio todas mis letras iban acompañadas de dibujos sobre nosotros: El Rey, la Reina y la Princesita. Miles de hojas, cuartillas, cartulinas y folios de todos los tamaños y colores expresaban lo guapa que era mi madre, lo alto que era mi padre y lo mucho que L quería a mamá y a papá. Lo felices que éramos los tres juntitos cogidos de la mano. Tres figuritas de mayor a menor tamaño, mirando al espectador con ojos grandes y mayor sonrisa, rodeadas de evocaciones al amor, a la familia, a la alegría.

Esos recuerdos son pocos, pero valiosos. Se presentan entrecortados y sin orden, como mostrando una película en continúo flash back, pero muy nítida. Todo lo que sucedió después fue confuso. Miles de momentos invaden mi mente con malcriadez y también sin control.

En algún instante de ese caos, tras el Día del Cambio, yo deseé ser escritora.

Capítulo II. Mamá

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