La historia de La Bienquerida y el TristeCatavinos

Me encantan las etiquetas de las botellas de vino. La mayoría de las veces elijo un vino solo por su etiqueta. Si su nombre es original, su logo es extravagante o si tiene un mensaje oculto, una ilustración diferente. Así elijo yo los vinos porque pienso que si se han molestado en hacer algo tan diferente, bonito, pensado para un vino, este no puede ser malo. Está mimado, está sentido, está querido.

Un día, el TristeCatavinos me trajo un vino que se llama ‘La Bienquerida’. ‘La Bienquerida’ viene con historia. Una bella historia que el TristeCatavinos me contó. Se trata de una producción pequeña y exclusiva. No es rentable, pero la villa es tan preciada, tan diferente, pequeña, e indefensa que, cuando estuvo a punto de desaparecer a manos del abandono, una Bodega decidió protegerla y hacer que perdurara. Y así es como ‘La Bienquerida’ se ha convertido en un modesto vino exclusivo. Se le quiere y se le desea con respeto. Se le deja ser tal y como es y no se le pide más de lo que puede ser. Dicen que no es fácil encontrar una botella de ‘La Bienquerida’.

Me encantan las historias como las de ‘La Bienquerida’. El TristeCatavinos me narró esta con lindura, con trama, suspense y desenlace, mientras yo le hacía honor a ‘La Bienquerida’ con un buche tras otro. No recuerdo su sabor, pero sí la sensación de bienestar. Al día siguiente de beberme a ‘La Bienquerida’ le quité la etiqueta a la botella para guardar su recuerdo.

Todavía hoy, meses después del día de ese cuento me pregunto cómo es posible que un hombre tan triste y oscuro tuviera la capacidad de contarme una historia tan bonita.

El TristeCatavinos se dedica a eso: a contar historias mientras adormece los sentidos de los que escuchan con tragos de vino. Es un charlatán cargado de olores, sabores, cuerpos, armonías y relatos, de otros. Siempre de otros. Se presenta con mirada tímida, voz calmada, semblante noble, con un vino y un sacacorcho en una mano y con picatostes y algo de embutido en la otra. Esas son sus armas para adormecer y comenzar a tejer su nido.

Eso es lo que hizo el TristeCatavinos conmigo cuando lo conocí. Tejer su nido en mi vida y en mi hogar.

Cuando pienso en el TristeCatavinos me viene a la cabeza los seres más indefensos de la humanidad: niños, viejos y enfermos. Aquellos que están desprotegidos y que, por esa injusta razón, son los que suelen recibir los zarpazos más crueles de sus propios semejantes. En una de estas condiciones conocí al TristeCatavinos: Enferma.

Se presentó curvado, con mirada triste, dolida alma, lastimero y lamiendo cariño. Solo conocerlo desplegó su caravana de feria cargada de desayunos saludables, vinos, embutidos, paseos de perro, historias de otros y su propio y autocompasivo mal destino. No llevaba más por equipaje. No tenía nada más de él que ofrecer.

Al principio, su abordaje me molestó, pero tuvo el talento de convertir su invasión en un ficticio refugio justo en un momento vital mío. Justo cuando todo mi mal hecho mundo se desmoronaba. Lo que yo necesitaba precisamente en ese instante era refugio. Y eso es lo que le ofrecí yo a él: Refugio.

Así el TristeCatavinos se instaló en mi casa con dos maletas, un portátil, vino y más vino, bolsitas esporádicas del supermercado y su inmensa oscura, penosa, peligrosa y triste telaraña.

El TristeCatavinos fue inteligente en sus mañas iniciales, pero al soltar las maletas relajó su disfrazado ser, apostó por mi aparente fragilidad e instaló precipitadamente su trasero en mi sillón y su falta de esencia en mis paredes. Subestimó mi capacidad de observación que, por nublada que estuviera por la enfermedad, acumula años de práctica, y comenzó a mostrar los chirríos de una orquesta muy mal configurada.

Primero enseñó el capricho injustificado por una supuesta falta de atención mía hacia él. Después, la autocompasión, que instaló para siempre. Le siguió la exigencia, la invasión de mi intimidad y la falta de agradecimiento. Las falsas buenas intenciones, llenas de palabras y vacías en gestos. Continuó con la tiranía acompañada de la cobardía escondida, literalmente, bajo la cama. Sacó de la caravana de los vinos la usurpación del espacio, del dinero, de los momentos. Maquilló, entre cortos relatos de vinos y tomates ecológicos, critiqueos a todo y a todos, entre los que se encontraban los de su propia sangre. Se entretuvo buscando cizaña en mi mente y ficticias culpas mías en sus males. Mostró una tirana mala educación a los míos. De tanto en tanto, vestía el escenario con ojos lastimeros y penosos que dirigía hacía mí mientras tenía empotrada la cabeza y la jorobada chepa en la pantalla del ordenador. Y, entre todos esos cacharros que escupió sin inteligencia del tiempo en mi hogar, de vez en cuando, se le escapaba de la falta de alma lo que realmente le importaba mi vida: Nada.

Esto es lo que fui observando, anotando y subrayándole mientras iba y venía del hospital. Con cada pinchazo, con la biopsia, después del quirófano, con una botella de sangre cargada en la mano, con una teta postiza y pesada, con dolores, con mortal cansancio y con con cada vez menos paciencia y más clarividencia.

Un lunes, a las nueve y media de la mañana, antes de ir al hospital, vi exactamente qué era y a quién había metido en mi casa: a un Estafador empotrado entre mis sábanas. Entonces cogí al perro, lo saqué, me fui al hospital, me colé en Makro para comprar cerveza de jengibre, un cubo de basura nuevo, una alfombra para la cocina y luces solares para la terraza.

Esa noche el TristeCatavinos, que lo único que había aportado hasta el momento en mi vida era vino, desayunos saludables, historias de otros y mentiras suyas, me dice: “Yo no me siento cómodo así”.

Y ahí el pobre y lastimoso TristeCatavinos no calculó bien el nivel de indefensión de mi enfermedad. Con su frase, suspiré alivio y le invité a irse donde estuviera “cómodo”, no sin antes pedirle las llaves de mi casa que agarrotaba en una de sus manos. Desmarañé la frágil telaraña que había aceleradamente mal construido ese pobre desgraciado y me puse a bailar.

Y es que el TriteCatavinos no calculó bien los tiempos de su estafa, ni creyó en mi palabra cuando le dije que yo no le necesitaba… que yo soy… ‘La Bienquerida’.

Hoy se lo dedicó a Kira, a ver si así deja de tener pesadillas.

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