La peluquera que no escucha, el chiguagua y el ‘te odio’

“Escribe- me dijo antes de colgar- que te echo de menos”.

El otro día Kany me largó lo mismo “¿Cuándo vas a volver a escribir que lo estamos esperando?  Tengo ganas de echarme unas risas con tus cosas”.

Lo haría. Me apetece. Pero es que me acojona eso de tropezarme con mis palabrejas cuando paseo por la calle. En Madrid era otra cosa. Podía escupir sin que me cayese el lapo en la cara. Eso le solté a la Kany, con otras palabras, claro, pero con el mismito razonamiento.

Pero a él no me lo voy a encontrar y, además, él me lo perdona todo porque yo se lo perdono todo.

Ayer empecé mi primer día de vacaciones. Me fui a la peluquería llena de excitación y deseosa del reencuentro. Entré la primerita, acompañada de mi prima, Ele, la bruja, y pedí como tratamiento de choque que me devolviesen la personalidad. “Quiero el pelo muy loco, muy loco” les entoné.

Sin duda la inepta de la peluquera, que por cierto cargaba su mal día con muy mala leche, no sabía cuál era el corte de mi personalidad y, a pesar de rogarle, rogarle y rogarle que por favor no me cortase en plan chiguagua, que yo ya tengo perro, me hizo el dichoso corte que desteto, odio, me repugna y asquea.

Con el pasmo que me dio cuando metió el primer tijeretazo, la tía cobarde por fin se enteró de que eso precisamente era lo que le estaba pidiendo que no hiciera. Soltó las tijeras y se largó.

Ahí me quedé sentadita mirando mi cabeza melón, con los ojos espantados y con la boca en movimiento nervioso como lorito, repitiendo: Pero “¿Por qué no escucha? Es que no lo entiendo ¿Por qué no escucha?”.

Salí de peluquería entre la rabia y el llanto, los dos ahogados tras las gafas de sol, y dándole el sábado a mi prima. Como remedio ostié a la tarjeta de crédito, busqué mi personalidad en una falda, a falta de pelo. Y, doloridas, cargadas de bolsas rojas con banderas, más pobres y derrotadas, cogimos a una taxista charlatana.

Liberé a mi prima de mi presencia, que la pobre ya había tenido toda una jornadita de purgatorio made in L, y a la charlatana en silencio le contestaba al trayecto del monólogo: “Que no me cuente su vida, señora, que no me la cuenta ¡Por Dios!”.

E hice lo que tenía que hacer. Abrí una botella de vino.

No tardé mucho en buscarle.

“Hola F. Hoy es mi primer día de vacaciones, de 35. No sé qué hacer con ellos. Hoy he ido a la peluquería, he pedido el pelo loco y me lo han hecho corto. Le he preguntado ¿Por qué? ¿No entiendes el no? Y ahora estoy bebiendo vino. Hablo con gente y es horroroso, horroroso pensar que la única persona que siento, y no entiendo por qué, que entiende, o escucha, o que comprende lo que le digo –aunque sé que eres todo mentira- la única persona que siento cercana a mí eres tú… ¡Y es tan terrible, tío!”. Me entró un chorro de carcajada y me despedí anunciándole que me iba a beber toda la botella de vino.

F estaba en una terraza lejana, lejana, y de otro idioma. Entre gente con otro idioma. Robándome la música. Alguien le preguntó que quién era esa chica que aparecía en la esquina de la ventana de Spoti. “ESO NO SE TOCA. ES MÍO”, dice F que dijo.

ESO, según F, era yo.

Una hora después, en mi terraza, cuyo idioma más oído es el ladrido, a oscuras le bailé una romántica canción de amor dedicada al odio. Odié echarle al olvido y llamarle, con los brazos al alza. Odié el no entender que el mundo exista sin él, moviendo la cadera. Odié las mañanas y el café sin planes, si él, y en ayunas, volteando la cabeza. Odié su risa y la brisa rozando su piel, chasqueando los dedos y retorciendo el cuerpo. Y le odié, le odié y le odié con un baile dedicado exclusivamente a él.

Hoy F me ha hecho una vídeollamada.  No lo puede evitar y es que le vuelven loco esas espontaneidades mías. “Ya me conoces” le responde mi sonrisa.

-¿Por qué no viniste aquella vez? Me pregunta.

Porque, vida mía -le suelto- cuatro somos mucho.

¿Cuatro?

Ay, F! Tu novia, tu nuevo ligue y tu vieja amante. ¿No te parece mucho p’ compartir?

F ya ha decido dejar de negar lo evidente. Sabe que lo sé y que le conozco. Es su naturaleza y es lo que es.  Creo que sigue en mi vida porque le alivia el hecho de tener por lo menos una persona en este mundo que conoce qué es y cuál es su naturaleza.

Y es que, a estas alturas y con estas edades, a mí me parece muy tonto pedirle a un escorpión que no pique.

Habrá que buscar un billete– me larga- pero esta vez de Las Palmas a Copenhague.

En fin, que creo que voy a terminar las reflexiones de la peluquera que no escucha, el pelo chiguagua, que cargaré por seis meses, y del romántico, nocturno, solitario baile de amor al odio.

Voy a echar un ojo a los billetes p’ Copenhague.

Y, es que señores, me queda poco y me estoy devaluando. Así que por mis vacaciones creo que me voy a ir a que me den un tratamiento de escucha profunda al cuerpo, al alma, al mismísimo libido… Aunque sea mentira.

Que digo yo que por un ratito le quito esa gran importancia que le doy a la honestidad y a la verdad. Que, francamente, ya me carga.

Así que, miénteme, miénteme, que ya veré yo lo que me creo.

Hoy, Kani, te lo dedico, a ver si te echas unas risas.

Y a ti, mentiroso.

Y la canción del amor al odio: ‘Te odio’ 

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