El viejo del pelo blanco y los acordes

Me he puesto un vino, me he sentado en la terraza, de cara a las nubes, he abierto el teclado y una página en blanco.

Con cierto, no cierto, profundo temor, comienzo a escribir. Parece que me importa más de lo que pienso lo que piensen los demás. Francamente no sé por qué. Cada vez tengo menos vínculos con otros, cercanos y extraños. Cada vez respeto menos la opinión ajena, así que no entiendo muy bien mi temor.

Aparcando ese acojone sin sentido, veamos lo qué quiero decir que, francamente también, qué les importa a los demás lo que yo diga.

Repasemos…

Cada dos semana tengo dos turnos de noche en el trabajo. Vuelvo a casa sobre las doce o una de la madrugada y siempre paso por la calle Triana. En mi camino me los encuentro. Me he acostumbrado a llevar el ritmo más lento cuando voy a cruzar por las luces de los cajeros. Lo hago para observarlos mejor. Para ver cómo se preparan la cama bajo la dura e impertinente luz que impide cualquier ápice de intimidad. Como mantas, cartones, como almohadas, las sucias bolsas de la ropa y, supongo, cachivaches.

Y sigo mi camino.

Al día siguiente escribo sobre las retenciones o el accidente de turno en la Avenida Marítima; un chalado que le ha dado por acuchillar a otro; el concurso de la Televisión Canaria, ¡Curioso! hace diez años también se hablaba de ello; las manifestaciones de las mujeres; la energía eólica o la falta de ella, ¡Curioso! hace diez años también se hablaba de ello; la reforma electoral, que también lleva diez años en reforma; la Metroguagua, ¡Curioso! ¿No hubo un cacharro parecido que se montó en la Avenida Marítima y que nunca se utilizó?

Y meto cultura, pero veo que a nadie le importa. Y meto el REF, pero nadie lo lee. Y  meto Sanidad, pero todos están bien de salud. Y meto los gritos de los jubilados, pero nadie los oye.

Entonces, desesperada meto la verborrea de una pidiendo a Amancio Ortega pantalones más grandes y se vuelve noticia nacional e internacional y le entrevista Ana Rosa Quintana.

Y me vuelve a tocar turno de noche. Y repito mis pasos y los llevo más lentos cuando me acerco al cajero, al dormitorio de ellos. Y los observo.

Y paso siempre por las escaleras mecánicas que llevan al infinito barrio de San Nicolás, pero que no llevan porque no funcionan. Y mi cabeza salta al dinero de la Metroguagua y su predecesor cacharro que nunca se utilizó.  

Y al día siguiente busco a ver a quién le ha dado por matar a quién…

Entre los sucesos, las noticias inservibles y la moderna y de moda verborrea de alguno que lanza en Internet, me voy tropezando con los violadores de oídos. Esos que se ahorran el psicólogo echándote su mierda en tu escucha, robándote el tiempo y la paciencia. Esos que no te dan tiempo ni a decir bien cuando te preguntan ¿Qué tal?.

A ellos les miro incrédula mientras cuento y respiro por dentro pa’ no salir corriendo o darles un manotazo. Entre ellos, viene Macu. No le doy nada. Viene Carlos. No le doy nada. Viene la vieja del pelo blanco. Viene la joven que se ha queda preñada. No le doy nada. Y viene otro. Y otro. Y no les doy nada. Y mi cabeza salta al dinero de la Metroguagua y su predecesor cacharro que nunca se utilizó.  

Y el Paquito sigue con el bla, bla, bla sobre la espléndida máquina pa’ fumar más sano. Y si me lo repite más, le saco un ojo. Le miro, profundamente, intensamente, le pregunto con los ojos bien grandes “¿Pero por qué crees que me importa lo que me cuentas?” Y no se entera, o no se quiere enterar.

Pero un día, el Pakito me da la oportunidad de atacarle. Que, francamente, era lo que deseaba. Y cambia el sobao discurso de la maquinita para insultar  la manifestación del 8 M y a todas las mujeres que se vieron en la obligación de salir a la calle pa’ dar un toque de atención a propias y extraños. Ese día que discutí con una señora porque no paraba de dar bocinazos y gritos alongados desde su coche porque las muy descaradas mujeres no le dejaban seguir su camino con sus estúpidas reivindicaciones con las que exigían, para la palurda de los bocinazos también, su derecho a existir con dignidad y equidad.

Le derrumbé hasta tal punto que me amenazó con no volver a hablarme más. A Pakito, digo. “¿Me lo prometes?” Le suelto. “Por favor ¿Me lo prometes?”.

No me he vuelto a encontrar al susodicho de la maquinita. Estoy convencida de que me ve en la lejanía y se mete entre callejones para no toparse conmigo, no vaya a ser que le dé el manotazo que buscaba. Y qué quieren que les diga. Un tapón de cera menos.

Entonces ocurre lo de esa niña y lo de esa Manada y lo de esa sentencia. Y leo y leo y leo. Y recibo por wasap más verborrea. En esta ocasión del presidente del Tribunal Supremo del Consejo General del Poder Judicial. Sus palabras, entre decir y no decir, son terroríficas. Y sin respeto, exige respeto. Y lloriquea porque cómo la masa tonta puede increpar a la justicia.  Y sienta cátedra con su indignación sin un mínimo de compasión.

Y miro al cielo y grito: ¡Dios baja, que no te enteras, que te han quitao el puesto!

Y le hablo a ese juez y le digo “¿Pero no ves a los de los cajeros? ¿Y la niña reviolada? ¿ y la escalera mecánica del infinito San Nicolás?  ¿Y a los que no les doy nada? ni yo, ni nadie, del cansancio que producen.

¿Y todas esas cosas tan grandes que no importan y en lo que los grandes se ocupan? ¿Y eso pequeño que importa y en lo que nadie se preocupa? ¿Y es que no ves que pides lo que no das?”.

Hoy me he ido a dar un paseo por la Triana mañanera. La de los cajeros sin luces impertinentes, sin camas, sin cachivaches. Y he visto a dos polis reclamar algo a un hombre de pelo blanco sentando en un banco y pidiendo con acordes en mano. Le exigían la documentación. Y los he visto grandes, fuertes, intimidatorios, severos. Y he mirado al viejo, empequeñecido, temeroso, tocándose bolsillos.

Y me he sentado en el banco de enfrente gritando en silencio ¡Por favor, déjenlo! ¡Por favor, déjenlo!.

Y lo han dejado. Allí quietito, de pie, paralizado y aliviado.

Y he respirado.

Y me he echado a llorar.

Hoy  se lo dedico al viejo del pelo blanco y los acordes.

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