Adiós Madrid. Es que es una cosa de dos

No ha pasado ni un mes desde aquella frase. A una hora que no son horas para eso. En un día que nunca toca para el descanso. En la buhardilla reconvertida en mi dormitorio no hacía más de cinco meses. En aquella todavía mi casa de la Colonia de Moscardó. Desnudos, cansados y abrazados.

– Curioso que tú seas el único hombre de mi vida que ha sabido cómo llevarme. Le suspiro sin mirarle, de espalda y cubierta por sus brazos.

– Es una cosa de dos, ¿no crees? Le dice a mi nuca el último amante de mi vida.

Esa sencilla, corta y frase inteligente es uno de los recuerdos que me llevo de esa extraña relación sensual, sexual, estrangulada emocionalmente y deshonestamente sincera.

No contesté. Respondí con silencio mientras mi mente me comentaba: También curioso ¿No? Esa frase, L, es la que has repetido a oídos sordos durante nueve años. Cuando somos dos, es una cosa de dos.

Esos ratos con él serán algunas de las cosas que echaré de menos de Madrid. Lo sabía con la decisión tomada. Lo sabía antes y después de esa frase. Fue una de las lecciones que aprendí en estos diez años en Madrid. Una vez me quedé en una pequeña ciudad por no echar de menos a alguien. Una vez me fui a una gran ciudad por no echar de menos estar con alguien. No habrá una tercera vez nunca más. Nunca más iba a tomar sola una decisión de dos.

Ahora, después de dos años sola, el único momento tan largo que ando sin compañía, ya no tengo que tomar decisiones de dos, sola. Son mías y exclusivamente mías. Y con mi decisión arrastro mis cosas, mis cómics y a mi perro, Dako.

Así que Madrid, lo dicho, que es una cosa de dos. Que yo te haya abandonado también te incumbía aunque creas que solo dependía de mí. ¡Ay! malcriada Madrid. Es que estás muy consentida de tanto piropo. De creerte tan grande. De ese complejo tuyo tan escondido. De ser tan cruelmente bella por fuera, tan rastrera por dentro. ¡Ay Madrid! Pueblerina Madrid. Querida, después de diez años conviviendo contigo, ya era hora de que te lo dijese.

Llegué a ti con 34 años, pero de la ilusión e ingenuidad que llevé por equipaje, parecían 18. ¡Cómo me acogiste entonces, eh! Inmensa, con la boca enorme, dientes perfectos y una grandilocuente bienvenida ¡Qué brillante eras entonces! ¡Cómo relucías! Engatusadora. Zalamera. Simpática conquistadora.

Me bebí, me bailé, me caminé, me besé tus calles, tu gente, tus parques. Conocí tus antros. Lo variopinto y lo fino. Anduve entre faldas discordantes. Me engullí tu opera, tu farándula. Deambulé, te pisé en dos ruedas, en cuatro.  Amé y forniqué. Sentí, resentí. Reí en enorme compañía. Lloré en la más infinita soledad. Por ti. Dentro de ti. Tu arte. Tu grandeza y tu mediocridad.

En mi tiempo contigo ese  luminoso mapa colorido, lleno de música, arte, letras, de pensamiento colmado y vacío, se empezó a ensuciar. Y observé tus calles salpicándose de viejos perdidos y sucios. De maleantes con chaquetas y propuestas vacías. De labores injustas. De inventos inservibles. De gente acojona, de gente engomina, de gente destroza, de exigencias sin correspondencia. Del qué dirán. Tacones parcheados y manos y sudores dando latas de conservas en los parques. De carteles cutres de bienvenida a refugiados, que ni un techo, ni un mendrugo los acompañaban.  Dejaste de asearte Madrid, pero te seguías mostrando soberbia, luciendo tu pobreza sin planchar. Repintada de desconchones.

¡Madre mía! Qué tonta, tonta, tonta Madrid. Todos te hacen la pelota Madrid. Pero no lo mereces. El día que correspondas, volveré a elogiarte. Pero ¿Qué te importa mi admiración hacia ti? Límpiate Madrid, que eras tan linda. Respétate y respeta a los tuyos con un trabajo digno, sin posesión no adquirida. Madrid, te crees mucho, Madrid.

Baja querida, porque te falta humildad. Da los buenos días por la mañana. Agradece cuando te atienden. Despídete como se merece. Cede el asiento cuando hace falta. Quítate los mocos, que tienes costras. Camina más lento, loca ¿A dónde crees que vas con esas prisas y la bragueta bajada? Paga lo que debes y no acobardes a la gente con esas miserables y vacías torres llenas de hombres de negro y mujeres con chaquetas con el caro tíquet puesto.

Capital, mi capital. Eres pueblerina con esas camisas de viejos lagartos, pelos engominados y mechas rubias cenizas en bucle. Eres pueblerina, ojeando que se dice de ti fuera de las puertas de tu casa, pero importándote muy poco lo que se piense dentro. ¡Ay, Madrid! Cosmopolita p’ fuera y patán p’ dentro.

La grande Madrid que hasta el día que me fui me salpicaste con ese gesto tuyo de ‘¡pues a mi plan y a mí, plin!’ Y como un buitre, sin todavía yo salir de mi casa, ya andabas merodeando y husmeando por mis calles. Cutre Madrid. Ese gesto, mi linda Madrid fue decisivo para saber que la decisión de dejarte es la más acertada de mi vida.

En fin, querida Madrid. Todos te aprecian. Todos te alaban. Se creen tu buen humor. Se fían de tu  hipócrita buena educación. Pero, Madrid, p’ mí que debes darte unas vueltitas  provinciales y fijarte menos en las grandes ciudades.

Me despido Madrid. Volveré porque a pesar de mis palabras te amo, Madrid. Amo lo que recolecté de ti, que es gente, gente linda, buena, creativa, llena de energía, simpatía, arte, generosidad. Gente que he dejado y que no olvidaré. Gente que merece lo mejor de ti. Que a pesar de tus ocasionales malas mañas, te quiere, te admira, te alimenta. Cuídales Madrid. Aprecia lo que tienes. Porque lo que tienes es lo que te hace grande.

Mientras te iba conociendo, iba escribiendo. Ya llevo cuatro blogs. Todos contigo. Este último, el más jodidamente íntimo, termina también contigo. Muchos me preguntaron el por qué de su nombre. Fue las tres cosas que hice cuando tomé otra decisión. Dejar a quien me había dejado, al que nunca me había tenido, al que nunca tuve, aquel que no creía en decisiones de dos.

Salí, bebí, bailé y besé.

Se termina Beber, Bailar, Besar. Ahora ando liada pensando en el nombre del quinto. Las Palmas de Gran Canaria será su escenario y las historias tratarán del reencuentro de una expatriada. Porque Canarias es una pequeña patria.

Tengo tanto que contar.

¿Cuál será el nombre?

Adiós Madrid. Ya sabes p’ la próxima… Es que es una cosa de dos.

Hoy, te lo dedico a ti, la cosmopolita pueblerina Madrid.

5 comentarios

  1. Ay Laura, hace unos días que vi tu post pero decidí reservarlo para un momento en el que pudiera leerte como me gusta (con todos mis sentidos) y ha sido leyéndote cuando me he dado cuenta de cuánto echaba de menos sumergirme en tus palabras. Es por eso que me da mucha pena que despidas tu blog aunque espero que no tardes mucho en empezar uno nuevo, esta vez con nuestra tierra como paisaje de fondo. Tu vida en Madrid es como te imagino a ti, llena de vivencias intensas que abarcan momentos buenos y no tan buenos pero que siempre sabes afrontar con humor y yo diría que hasta alegría. Tengo la impresión de que aunque el dónde estás puede definir algunos matices de tus historias, es realmente tu mirada la que marca la diferencia, la que hace que sean tan honestas, y que aunque llenas de imprevistos a la vez me sean tan creíbles y cercanas….En fin, me encantaría algún día compartir un rato junto a un café o una cerveza 😉

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      • Ja, ja…dudo mucho q pueda enseñarte algo q tú no sepas. Mi única intención es expresarte en persona mi admiración, respeto y cariño. Un beso y hasta pronto

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  2. Hola.

    “Madrid es una ciudad invivible, pero insustituible”, como dijo el clásico. Sin embargo, lo es o deja de ser a pesar de nosotros, de nuestros muy sobrevalorados sentimientos y experiencias. Algo que ayuda a sobrevivir, e incluso a evolucionar, es a no hacer tanto caso a nuestra subjetividad; a no mirarnos tanto el ombligo, si se quiere expresar de un modo más vulgar.

    Otros factores, y mis disculpas, ya que es de primero de psicología elemental, son ser autocríticos y tratar de no racionalizar. Sobre lo primero es imposible que el entorno y los demás sean los únicos culpables de nuestro infortunio. Sobre lo segundo, muy relacionado, hay que tratar de no analizar nuestras experiencias de modo que siempre estemos a salvo de toda crítica; ayuda mucho la racionalidad (opuesta a la racionalización), tantas veces enfrentada a los sentimientos (mentirosos y distorsionadores, en muchas ocasiones).

    Por último, y lamento de nuevo ser algo pesado, otro asunto primordial para darle cierto sentido a nuestras vidas es que nuestras creaciones (a veces, convertidas en arte) tengan cierta coherencia y continuidad, que no sean solo producto de nuestros impulsos y estados de ánimos (ojo, tampoco erradicables por completo, pero sin atenderles sin más o darles excesiva importancia).

    ¡Saludos y buena suerte!
    Roy

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    • Gracias por tus comentarios Roy, aunque no los entienda, ni vea la relación con lo que yo escribo. En cuanto a la subjetividad, desde mi punto de vista es inevitablemente el ojo desde donde se observa la vida. Por lo menos la mía. Besos y abrazos

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