Me quedo con mi Carma

Hoy he recibo uno de tus wasaps. Uno de esos de información en el que yo siempre busco algo de intención. ¿Por qué me sigues mandado noticias? ¿Me quieres poner al día y quitarme esa manía de apearme del mundo? Ya te he dicho lo poco que me interesa por donde anda el futuro y lo mucho que ya me aburre la humanidad.

El otro día me llamaste. En un día conveniente para ti, a una hora vacía entre tus ocupaciones.

Siempre te contestaré porque creo que tu infinito aburrimiento es mayor tortura que mi eterna soledad.

Como siempre hablaste mucho, preguntaste más y dijiste poco. No sé por qué siempre espero oírte algo diferente. No sé por qué siempre espero, pero, para bien, sin esperar.

Veleta contable, soso y creativo. Te observo y acompaño con estrangulado reproche hacia lo infiel que eres a ti mismo. Siento envidia y mucha curiosidad. Envidia de tu práctica moralidad y curiosidad por saber cuál es tu yo real.

En una larga conversación solo comentaste algo con cierto valor. Es que ya aquello a lo que presto interés es la emoción con su sentido, vestida de lo que sea, hasta de preocupación.

Y es que te he contagiado esa creencia mía de la vuelta del Carma.

Sí, querido mío, creo en el Carma. También creo que el grado de vuelta es caprichoso y puede que no lo recibas con la misma proporción. Mi Carma se ha instalado al lado mío por rato largo. Hace tiempo que me acompaña descojonado, con su sonoro tonillo y un eco que me escupe al oído con cada lección que voy aprendiendo.

Yo protesto, como siempre, viene con mi naturaleza, pero el Carma es como tú. No se inmuta, me mira resignado y me dice: “Tienes razón. No mereces tanto castigo, pero chica, qué quieres, soy el Carma y cuando me presento lo hago sin medida”. 

Hasta con él, ¡fíjate tú! yo. Hasta con él tengo paciencia. Lo dejo a mi lado como moco pecado, sin ánimo de quitármelo de encima, con la esperanza, y ésta sí que es real, de que se canse, que haya cumplido y que me deje vivir sin sentirle a mi alrededor.

Contagiado de mí, o de algo de conciencia propia, ¡A saber! te preocupa que te visite tu Carma en la vejez. Te preocupa que te castigue con soledad. Yo, como si en la Pitonisa Lola me transformase ya te auguro que solo no te vas a quedar. Pero, me temo querido contable que esa es la burla de tu Carma.

Sí yo quisiese cambiaría tu Carma. Sé que si me empeño lo consigo. Por esta soberbia mía creo que también mi Carma me castiga. Por eso no quiero. No me muevo. Ni lo intento. Es que me preocupa mi propio Carma. Así que me quedo quietita p’ no cabrearlo más.

Pues eso, que me quedo con mi Carma que me ha visitado por tiempo indefinido como castigo por esta eterna sensación de insatisfacción que me acompaña. Y tú quédate con el tuyo amigo mío, que veo yo que vendrá acompañado con alguien que en tu vida no tendrá sentido, ni razón y que como a mí…te llenará de insatisfacción.

Hoy, dedicado al caprichoso Carma. Lo sé se escribe con K, pero ya que me jode, le quito un poquito de dignidad. 

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