¿No tienes hijos?

El domingo pasado, tras pasarme el sábado viendo la tele y comiendo sin parar porquerías que ni pruebo ni compro nunca, tales porquerías como los químicos bollos de la Pantera Rosa, decidí pasear con mi perro. Me desperté, ni me duché para no arrepentirme en la decisión, me vestí rápidamente y me fui a dar un largo paseo por Madrid con mi perro.

A esta actividad la denomino Senderismo Urbano. Estuve más o menos tres horas vagando por las calles de la ciudad. Llegué hasta Lavapies. Visité a mi amiga Aran, y deshice mis pasos de vuelta a mi punto de partida.

En el camino dudé de si comprar comida india para llevar a casa. Pero me lo pensé mejor. Me parecía un camino muy largo para ir cargada con una bolsa de comida y con mi perro tirando de mí. Así que me pasé la vuelta pensando qué hacerme de comer o si comprar algo por mi casa. La verdad es que cada día me cansa más cocinarme algo. Echo de menos que cocinen para mí.

Pero tuve suerte. Casi llegando a casa. Cruzando Madrid Río, mi mirada se topó con un local indio de comida para llevar. Mi idea inicial volvió a mi cabeza. Pensé: Si era la que querías y al final te topas con esto es porque hoy toca Chicken Tikka Masala.

Até a mi perro a la barandilla de la acera. Entré y encargué para llevar Chicken Tikka Masala y arroz blanco.

Mientras esperaba, el encargado me dijo: -¿Quieres algo de beber?-

– No, gracias-

– Yo invito-

– Bueno, sí es así, una cerveza-.

Bebí un poco y empecé a sentirme incomoda, así que le dije al encargado que esperaba fuera y me fui a hacer compañía a Dako, mi perro.

No tardó ni cinco minutos en salir con mi bolsa. -Estás bien acompañada-, me dice.

– La mejor compañía- le respondo mientras cojo mi bolsa.

Y sin por mi parte esperar más conversación, me pregunta: ¿No tienes hijos?

– No- contesto- Y con un adiós seguí mi camino rápidamente para no darle la oportunidad de realizar una segunda pregunta.

Me quedaban cinco minutos para llegar a casa. Cinco minutos de repaso mental.

¿Y esa pregunta? Claro, me digo, domingo, hora de comer, mujer, madura, paseando y con un perro como compañía.

Y así llegó lo inevitable, repaso de vida: Cuarenta y tantos, demasiadas relaciones sentimentales, la última la más larga y tormentosa. No me sentía querida y elegí, a la fuerza, seguir sola.

Profesionalmente, más o menos con la misma trayectoria que la sentimental. No me sentía motivada y siempre elegí, a veces a la fuerza, cambiar de trabajo.

No soy fea. Tampoco demasiado guapa. No soy tonta. Tampoco demasiado lista. No soy antipática y tampoco muy empática. No soy egoísta, pero nada altruista.

He viajado, pero no lo suficiente, he sido libre, pero no tanto como me hubiese gustado. He tenido sueños, pero mi sentido de la realidad se los ha cargado. He proyectado la vida igual que otros, pero no con el mismo convencimiento.

Y aquí estoy, con cuarenta y tantos, molesta con las arrugas, imaginando que me quedan poco más de siete años para dejar de escuchar de vez en cuando un piropo. Con muy poco interés por muchas cosas y mucha atención en nada. En una ciudad que no es donde nací. En una casa de alquiler que me gusta, pero me atrapa. Con un perro como único macho fiel en mi vida y pensando a qué dedicarme.

Me enseñaron que a los cuarenta no tocaba esto. El replantearte qué quieres ser en la vida es una función de adolescentes. Pero la crisis ha dado la vuelta a todo. La proyección profesional se ha ido al garete. La familia convencional se sustituye por el solitario hogareño, con suerte con un perro, o por el incansable visitador de bares. Y la fidelidad o interesarse por el ajeno se ha quedado solo para aquellos que resisten o que son firmes.

Como mujer, lo tengo peor, me leyeron cuentos y enseñaron películas de princesitas. Se han metido tanto en el subconsciente que resulta casi imposible no creer en el amor verdadero o en el príncipe rescatador.

Con eso me críe, creyendo en la motivación profesional, en cuentos de princesas, en compañeros de por vida y en el crecimiento constante.

Pero, no, señoras…señores. Con cuarenta y tantos ahora gasto mi energía en inventarme unas creencias nuevas, unas motivaciones diferentes, unos cuentos de heroínas, y no de príncipes, y en imaginar, estar convencida de que hay muchas nuevas adolescentes de cuarenta y tantos como yo.

Se lo dedico a las de cuarenta y tantos, con o sin perros.

@CuentaMatilde

5 comentarios

      • Todas las que dices en el texto. Tus verdades. No me refería a esas verdades que “sientan cátedra”, lo hacía más bien a la forma de expresar sin tapujos o maquillajes, a través de situaciones propias cotidianas, algunos de esos pensamientos o encrucijadas transcendentales que todos tenemos en algún momento.

        Ni soy mujer ni me acerco a los cuarenta, pero hay muchas cosas en las que me veo reflejado en el texto y me gusta leer a gente que tiene esa capacidad especial de decir las cosas tal y como son.

        Me gusta

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