Cap. III. La Exprincesita

El Día del Cambio trajo consigo, pues eso, cambios. A partir de entonces comencé a darme cuenta de cómo poco a poco todo lo que estaba a mi alrededor se iba alterando. Primero desaparecieron cosas a las que no les daba importancia pero que, al fin y al cabo, eran parte del guión de nuestra pequeña familia.

En la casa no sonaban acordes de guitarras, risas y versos de reuniones de amigos. Los domingos no llegaban con sus respectivos cómics. Las motos de mi padre se esfumaron. El antiguo Yaguar se convirtió en un modesto Seat. No aparecían muebles nuevos, uno de los hobbies de mi madre, o no llegaban a casa los últimos artilugios del mercado, parte de los hobbies de mi padre. De todo, lo peor fue la roulot y las caravanas  ¿Cómo nos íbamos a ir de camping  por el mundo el próximo verano sin ellas?

Mi madre dejó de cocinar esas comidas insulsas que hacía para mi padre por indicación médica y que de recibo me tocaba a mí zampar. Ahora, era mi abuela la que nos traía bolsas de tápers con comida preparada. Las visitas a la familia peninsular las hacia en solitario. Los juegos con los primos se esfumaron. Las faldas de flores y camisas infantiles se guardaron. Las Navidades en familia se amargaron y ennegrecieron. Las miradas de conocidos y profesores mostraban pena y compasión y las de las compañeras de colegios, recelo y curiosidad.

Sin embargo, y pareciendo contradictoria, el peor trastoque en nuestras vidas fue la quietud, junto a la incertidumbre. En casa ya no había planes para los supervivientes de mi pequeña familia.

Excepto del Día del Cambio no recuerdo cuándo fue el principio de todo lo que sucedió a partir de entonces.

De la noche al día yo pasé a ser de una niña mimada a una vieja prematura. En la calle fui dueña de mi destino que me llevaba de un rincón a otro engatusándome para que entrara en puertas que no me correspondían. Me autogobernaba dentro y fuera de casa andando y tanteando por historias peligrosas o de un futuro oscuro, hasta que mi instinto me daba toques de atención para que me alejase. Entonces, mi confusión me atontaba para ayudarme a dejar de abrir puertas e huir a mi cuartito de tres ventanas coronadas por estores estancados, donde comenzaba nuevamente majestuosas novelas que nunca finalizaba.

Con esas idas y venidas estuve muchos años mientras descubría qué era eso del sexo, el alcohol,  las drogas, la amistad, la desilusión y la traición.

Además de adolescente rebelde y sin control, interpreté otro personaje, el de espía, o el de madre postiza de otra madre. Le acechaba estudiando su comportamiento, compañías, silencios, nervios, salidas y quietudes, mientras buscaba entre sus cajones pastillas y encontraba en los lugares más inverosímiles botellas de champán o vino. Otras veces, era su guardián protector de esos supuestos enemigos terribles que querían engañarla o dañarla, o su ignorante enfermera psicóloga que hacía guardia en las sillas de Urgencia de hospitales.

Luchaba contra todo lo que ella señalase con aullidos, uñas y dientes, saliendo la mayoría de las veces dañada y sintiendo la extraña sensación de que estaba viviendo una realidad amorfa.

Hasta que llegó un día, que no recuerdo, que también comencé a protegerme de ella. De su soledad impenetrable.

Hoy se lo dedico a los adolescentes rebeldes y sin control. Pobres desgraciados.

Capítulo IV. Los Parientes

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