Vuelta a las viejas manías

Por fortuna o infortunio por mi destino han pasado muchos hombres. Hubo una época en la que no me los tomaba muy en serio. Disfrutaba de ellos sin remilgos, ni complicaciones, la complicidad la falseaba y el compromiso me patinaba. Y así andaba de uno en otro, saltando y saltando agarrada a una diana.

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En esa época mi amiga Mapi, que cosechó la ingenuidad adquirida de cuentos de cenicientas, planteaba mi actitud con cierta incrédula y reprochona admiración. En nuestras charlas preguntaba y preguntaba: ¿Pero cómo puedes? ¿Cómo puedes no sentir? ¿Cómo puedes desconectarte? ¿Cómo puedes comportarte como ellos?… ¿Cómo puedes ser tan infiel?

Con el tiempo tengo muy claro el por qué yo supe, para bien o para mal, descartar de mi vida ilusiones de fábulas de princesas. Es que Mapi, en esa época ya tenía tareas bien serias como para incluir en la lista otra grabada con el nombre de enamoramiento. Así que mi listo o tonto cerebro desconectó la neurona del romance para potenciar la de la evasión que, no sé si saben, va acompañada de la liberación y que entre ellas no cabe la fidelidad como emoción.

De esta forma, de la mano de esta amiga, la evasión y acompañantes, anduve disfrutando de niños, adolescentes y hombres mientras iba haciéndome eso que se dice mayor.

Pero… ¿Quién no quiere una pizquita de amor en su corazón?  

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Así andaba yo por la niñez, adolescencia y casi madurez, por un lado disfrazada de pesada responsabilidad y por otro de revoltillo sin moral, cuando me tropecé con un hombre cargado de inteligencia y razón, que sin yo esperarlo me enseñó todo lo que conlleva una relación.

Señores míos, lo reconozco, me gustó.

El sacrificio en el egoísmo, la complicidad en lo cotidiano, la generosidad en la promesa, la palabra cumplida, el respeto a las ideas, el debate razonado, la confianza en el acto…

¡Madre mía! ¿Así que esto es una relación? 

Por un tiempo experimenté con agrado y conmoción una historia de dos, cometiendo por el camino las torpezas del novato que aquel hombre con paciencia siempre corregía, sin reproche y con tesón. Pero, entiendan que actitudes tatuadas fáciles de borrar no son. Lamentablemente, o no, a ellas volví para retomar viejas manías y seguir jugando con mi amiga la evasión, a la que de tanto en tanto llamaba con ilusión.

Aquella historia terminó cuando el obligado y accidental papel de responsabilidad de otros también finalizó. Así que la complicidad quise volver a practicar ¿Y por qué no?

En esta ocasión con otro hombre de otros intereses y otros valores, que en nada se parecían a los que en otro momento se me presentó.

En esta historia sí que me empeñé, me esforcé, con endeuda moral me cargué y aquello que aprendí apliqué, convirtiendo este fin en el único quehacer. Pero ya sabemos que estas cosas son de dos… Y, en fin, escrito aquí está lo qué pasó y cómo esta segunda historia también se acabó.

Y andamos en el presente en el que mi única responsabilidad es mi yo. En el que ya sé lo que es el compromiso y estos quehaceres del amor. Señores, que sigo creyendo, es la única razón de razón.

Ahora, eso sí, lo lamento queridos míos, no me regañen, no me hablen de moralidad, de responsabilidad o de cosas de dos.

Válgame el sin sentido porque en este presente mío ya no tengo paciencia, catadura y energía para esforzarme por tan lindos valores. No se desanimen, al menos los conocí y experimenté. Ya disfruté de algo que otros no olieron u olerán en su vida. Con eso me quedo. De verdad, de verdad de la buena, que ya con eso me siento con sentido de satisfacción.

Y sabiendo lo que es aquello del pasado, lo siento, a los míos les digo, vuelvo a mis viejas manías, porque, mis merecidos de amor, cómo me gusta la evasión. 

¡Qué no! que esto de vivir es muy serio para tomármelo tan en serio, así que lo dicho de vuelta a mis viejas manías que me llenan de liberación. Y, amigos míos, esta es la emoción que remiendo en los talones de mi sombra desde que tengo uso de razón. 

Hoy se lo dedico a aquella ingenua y adolescente Mapi, que ya no lo es tanto y que con el tiempo ha heredado algunas de mis viciosas manías. 

A mi ángel, Marlene, que con pena leerá mis palabras pensando con cierta razón que ésta no es la solución.

Se lo dedico a Pedro, el hombre que me enseñó que existe la complicidad y confianza de dos. 

Y también, por qué no, a ese listo o tonto diablillo que en mi camino se metió y que, queriendo o no, a las viejas manías me lanzó.

Así es como lo quiero yo, porque señores míos desde que la  impuesta responsabilidad de otros se acabó, yo siempre busco, a veces con éxito, otras no, hacer lo qué quiero, cuándo quiero, cómo quiero y dónde quiero con la evasión, liberación y emoción.

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