PUNTO Y… FELIZ

Querido Jardinero Infiel, 

Te escribo para decirte que es la última vez que mis palabras hablarán de ti. Sé que este tema te preocupa. Sé que has estado leyendo mis idas y venidas salpicadas de rabia, dolor, desolación, desconfianza y desamor. Sé que lo haces porque conozco tu inmensa curiosidad y porque, sobre todo, sé lo que te importa lo que se diga u opine de ti. Por eso, también sé que no es otro el que te cuenta lo de mis letras. Sé que eres tú.
No creo que te sorprenda porque te lo dije. Te dije que escribiría y escribiría hasta que ya no tuviese nada que decir. Así ha sido y así es.
Así que, mi querido Jardinero Infiel, te escribo por última vez para liberarte de más lectura tediosa o, me temo que en ocasiones, dolorosa.
Ha sido más de un año de letras. Sobre esta época tú andabas preparando la mudanza para irte forzado. ¿Recuerdas?
Solo un año y todo un año arañando dentro de mí. Soltando cada sentimiento que experimentaba, escupiendo esa odiosa rabia que tanto me asustaba. Llorando el fracaso, la incomprensión, la decepción, la desilusión. Describiendo la incertidumbre, los encuentros casuales, los días muertos, los intensos. Dibujando los rumbos perdidos, los del pasado, los del futuro.
Alégrate mi Jardinero Infiel, que sé que tú no lo ves, porque mientras iba vaciando esta cargada mochila de nueve años me tropezaba con pequeños trocitos de mí. Aquellos que, creo, te gustaban.
Y cuando derramé todas las lágrimas, la sonrisa se presentó en mi cara. Y cuando dejé de preguntarme, la bendita asimilación me devolvió la tranquilidad. Y con el tiempo la decepción y la desilusión también se desvanecieron ocupando en su lugar una nueva esperanza que no espera. Los días muertos se han convertido en momentos de creación. Los intensos, de diversión, Los encuentros casuales, de experimentación. Los rumbos, los observo con curiosidad para ver qué me traen y a dónde me llevan. Y la rabia, la temida, peligrosa, terrorífica rabia… Esa sí que fue difícil, algo queda, para qué nos vamos a engañar. Pero trabajo en ella. Le doy empujoncitos ayudados por el perdón y las disculpas.
Pero no te escribo para contarte lo ya escrito. Ya lo habrás leído e interpretado a tu manera. Te escribo para compensarte. Para darte un regalo en forma de alivio. Para ayudarte con mis letras a recuperar o recordar aquello de ti que no debes perder.
Todavía hoy cada vez que evoco algo de esa esencia de ti, la que alcanzó mi alma, va de la manita del lado que la machacaba. Pero hoy, mi Jardinero Infiel, solo te hablaré de aquello que me enamoró de ti.
Comenzando por la mirada intensa cuando charlábamos en cualquier bar, restaurante, chiringuito, parque, en todos lados y en ninguna parte. Las conversaciones contigo cada vez que íbamos a tomar un simple vino eran mágicas. Ninguna mirada, ninguna de las charlas fue mediocre. 
Las noches de juerga. Las amanecidas de vuelta. Los tequilas. Tú y yo solos, juntos, de la mano. Siempre de la mano. De garito en garito, riéndonos de todo y de todos, jugando con todo y con todos. Observando todo y a todos. Observándonos. Las bromas del trío, el taxista asustado, la chiquita asombrada y halagada, el gay “fabulosa”, la tonta del bote, los variopintos charlatanes…. Ninguno de esos días y noches de juerga fue aburrido.
La burla ingeniosa a dos manos y la inmensa sonrisa cachonda que le acompañaba. El momento de mis llantos infantiles y tu consuelo con grandes gafas de carnaval. Los silencios de diez segundos entre frases. Los tranquilizamientos con voz suave y dulce dirigidos a mis hormonas. Los números de paciencia: 58, 59, 60,61 que terminaban mi verborrea protestona con un beso. Los largos abrazos en el sillón tonteando con caricias frente a la tele. Ninguno de esos gestos cayó en balde roto. 
Madrid en moto y tus caricias en mis piernas cuando parábamos en todos los semáforos. Los sititos que encontrabas para mí. Todos, los cutres, los auténticos, los espectaculares, los populares, escondidos, recónditos, abiertos. Esa frase que les acompañaba: “Te voy a llevar a un sitito”. El sitito. Y las vueltas y vueltas que me dabas, perdidos. Tú perdido y disimulando. Tu sonrisa cerrada cuando me percataba de que andábamos sin meta. Por esas vueltas, muchos de los sitios mágicos a los que me llevaste no los encuentro. En fin, me he resignado a hacer mi propia lista de sititos. Ninguno de esos sitios fue malo. Ninguna de las vueltas inútil. 
Tu curiosidad. Tu infinita curiosidad por el mundo y cada uno de sus detalles. Tu inquietud por hacer algo diferente, inspirador, motivador. Tus preguntas. Tus proyectos infinitos y sin fin. Tus divertidas absurdeces de horas y horas de inspiración. Ninguna de las ideas fue tonta, puede que imposible, pero ninguna tonta.  
Tu obstinación por encontrar el hogar perfecto para todas nuestras mudanzas, incluso en otros países. Tus mañas de chapuzas inacabadas. Tu mimo con las plantas y paciente espera con su brotar. Aquí te tengo que dar las gracias porque vivo donde quiero gracias a tu obstinación, y por ella intento cuidar tus platas con la misma abnegación. Ninguna de tus búsquedas fue mala y la última la más acertada. 
Los regalos rebuscados y temidos por mí cada cumpleaños. Gracias por aparecer de improviso y disfrazado de desconocido en Hallowen venido de 600 kilómetros de distancia. Gracias por los 100 Globos Rojos. Por el estudio blanco y rojo. Por Dako y la cena sorpresa de marisco que me daba la bienvenida de madrugada tras uno de mis retornos desde las Islas, mil gracias. Nueva York y la noche mágica del Soho, muchísimas gracias. Bilbao y el momento del reencuentro, gracias mi Jardinero. El sabroso kilo de carne traído desde Argentina, gracias. La chaqueta de la moto, gracias. Los emails de amor y compañía cuando marchabas a tus incontables viajes. Los posits amarillos escondidos por toda la casa con los “Te Quiero”. Huesca, el anillo, las frases de para siempre, la canción escogida, gracias amor. Los incontables parques y rutas con Dako y los caminos imposibles en los que me metías, sufría, pero gracias. Kenia y su vivencia, no sabría cómo agradecértelo. Argentina, las noches de restaurante, los almuerzos en el parque, el tango y el teatro, fue duro, pero mis más sinceras gracias. Los buenos momentos de Valencia y los que arañabas para nosotros, gracias por el esfuerzo. Los vuelos a Canarias y tu fantástica cara de alucine en el mar de El Hierro, gracias por ese momento de sorpresa. Las idas y venidas en coche acompañadas de reflexiones y silencios, gracias también. El álbum de El Hierro, el álbum de Los 40, las flores de disculpas que no volvieron a aparecer por broncas tontas. Otra vez, gracias. Ninguno de esos regalos y muchos más fue despreciado. 
Los domingos y  las paellas, las que hacías para mí, las que hacías para los míos. Las fideuá, gazpachos manchego y esos platos que te inventabas sanos y suculentos. Los echo de menos. Sabrosas gracias. Ninguno de tus manjares tuvo paladar desagradecido. 
La música, mi niño. La que investigabas, que encontrabas, que me regalabas. Esa música que ya no me acompaña y que añoro tanto. Agradezco tanto eso de ti. Ninguna de tus canciones halladas no fue escuchada. 
Tu esfuerzo por hablar cuando no querías, volver cuando no te apetecía, llamar cuando debías, cuadrar cuando no te convenía, esperar cuando ya te ibas, responder cuando no podías. Por el intento, gracias. Ninguno de esos propósitos no fue valorado.
Y tu seducción. Tus besos carnosos, profundos, pasionales. Los recuerdo. Tu generosidad en mi cuerpo, tu tacto, tus toqueteos, tus caricias. Los juegos de cama, las lecciones de camazutra aprendiéndolas juntos. Las noches de sexo tonto, las de risas, las burlonas, las sudorosas, las incansables, las pacientes, las relajantes, las arrebatadoras. Y las noches de amor totalmente abandonado a mí. Eternamente agradecida. Ninguno de tus impulsos fue desaprovechado. 
Hay más, mucho más de ti, mi Jardinero Infiel, que no olvido, que fue bueno. Hay mucho, mucho que compensó los ocho años juntos y este otro de desamor. Te lo digo porque creo que también te lo debía. Porque no fui justa con muchas palabras, pero hay una sobre todo que me pareció la más dolorosa. Te dije que sin duda tú nunca te habías enamorado. No es verdad. No lo creo. Sí, te enamoraste de mí. A tu manera, que es tan buena como la mía. Te enamoraste y por eso te debo mi mayor Gracias. 
Cuando te conocí trabajaba en Entrelineas, entro otros tantos lugares. A tu lado, cree Punto y Aparte, entre otros tantos proyectos. Y, ahora comienzo algo nuevo que llamaré Punto y…Feliz, con lo que trabajaré… Entre otras tantas tareas.
Seguiré escribiendo. No voy a dejar de hacerlo y en breve también retomaré la pintura. Porque, sabes, ya empiezo a pintar variopintos paisajes en mi mente. Pero lo que ya no haré, mi Jardinero Infiel, es escribir sobre ti o por ti. Así que diles a aquellos que me leen para chismorrearte que ya no hace falta que pierdan el tiempo… O dile a tu curiosidad infinita que deje de echar vistazos porque no habrá mucho que le interese.
Hoy, mi Jardinero Infiel, te lo dedico, con profundo y sincero agradecimiento, a ti. 

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