El último grano del reloj de arena

Hace algunos días aseguré a un amigo que no se preocupase, que no le iba a dejar ir solo al infierno. Que yo conocía bien el lugar maldito y que entraba en él con elegancia. No le dije toda la verdad o le mentí a medias. Pero entiendan que cuando quieres trasmitir calma no se suele utilizar ni la cruda realidad, ni la infinita irrealidad.

Sí que conozco el infierno. Me muevo con soltura entre sus retorcidos recovecos, pero nunca he podido entrar en él con elegancia. Me parece material e inmaterialmente imposible.Cuando traspasas las siete puertas del inframundo resulta inverosímil hacerlo con elegancia.

El día que murió mi madre dejé de creer en Dios del todo.

Cualquier residuo infantil de fe se extinguió como una pobre llama de una mediocre vela sin cobertura en medio de un huracán. La pena de este descreimiento es que mi certeza en la existencia del infierno no se fue con su antónimo.

Dejar de creer en Dios, El Cielo y los Ángeles es una grandiosa putada. He sufrido unas cuentas con gran intensidad, pero ésta me jode especialmente. Ésta te provoca desazón de por siempre y para siempre. Hubiese preferido haber estado desprovista de ese consuelo para los males terrenales desde siempre. Hubiese preferido ser una ingenua beata de por siempre.

Porque en el momento que una mano nada metafórica, con huesos, venas, piel y sucias garras se hace hueco por el esternón para agarrarte el corazón y estrujarlo con la maestría de conseguir que ni la sangre escapé por él, necesitas un mínimo de consuelo ancestral que te ayude a resistir el envite. Porque esa mierda y podrida garra, que sé que es enviada por el infierno, tiene esa misión.

Por eso puedo entrar tan fácilmente en el infierno. Creo en él porque lo he visto, lo conozco, lo reconozco. Tengo en mí algo de creencia científica para creer en solo aquello que veo. Yo he visto el infierno. Cuando entro él no llevo fe, no porto cruces, ni oraciones, y siempre lo visito con un guía: mi particular demonio.

Mi madre estaba hecha de ángeles y demonios.

Tan misericordiosos los unos, como perversos los otros. De ahí que su vida se pueda describir como una lucha encarnizada entre unos y otros. El campo de batalla que utilizaron, los muy cabrones, fue el espíritu y cuerpo de mi madre, y la última batalla la ganaron los cornudos rojos, no sin antes despedazar, machacar y desmenuzar el territorio de combate.

Al dar a luz, Mamá, seguro que sin intención, germinó en mí esos renacidos ángeles y demonios dispuestos a retomar la repetida batalla. A lo largo de mi vida he observado como al mismo ritmo que yo, mis cobijados van creciendo, madurando y perfeccionando sus estratagemas entre golpe y golpe. Pero, al contrario que mi madre, yo no me he limitado a esperar para conocer el desenlace mientras se van cargando mi cuerpo y alma.

No les he perdido ojo ni un momento. He estudiado sus movimientos, apuntado sus intenciones y estrategias, lucubrado y practicado mis propias destrezas, y me he lanzado de lleno dando estocadas de un lado a otro en diferentes épocas y batallas, con la intención de debilitar a ambos bandos hasta dejarlos sin energía, objetivo, ni designio.

Ese es el motivo por el que desde hace un tiempo muchos que me aprecian no me encuentran. Es que he estado realmente ocupada en una de esas batallas. Una larga y siempre diferente. Una de 365 días y sus 365 noches. No me ha ido mal. He caído en muchas ocasiones, en todas me he levantado, y en bastantes he dado sopapos tan fuertes que hasta he conseguido arrebatar la estúpida ingenuidad de los ángeles y la soberbia astucia de los demonios.

Aquí andaba yo, en mi merecido descanso, curando los rasguños, alimentando el alma y reponiendo sanas ideas, tras esta última batalla de la que me sentía ganadora. Pero, ni mis golpes son tan poderosos, ni mis enemigos son tan dignos en su rendición. Y mientras los ángeles, que estos sí que están bien jodidos, toman la retirada con la idea de curar a los más lastimados y hacer recuento, un solo demonio, el más fuerte, astuto, traicionero, pendenciero y cobarde, esperaba agazapado, acechando mi retiro, sabedor de falta de contrincantes, para embestirme con demencia con el fin de echarme para siempre del campo de batalla. Se creé con el derecho de hacerlo porque afirma que no va conmigo, que simplemente soy un efecto coyuntural y que a mí nadie me ha dado vela en este entierro.

El golpe me ha levantado bruscamente. Las patadas me han hecho huir con desenfreno y sin tino. Los garrotazos me han provocado histéricos aspavientos hacia un lado y otro. La emboscada me ha mordido con cruel frialdad, desmedida maldad, malintencionada vocación e hiriente objeción.

No pasa nada. Estoy acostumbrada. Sé recomponerme, luchar y volver a huir. El problema no soy yo. Yo sé moverme en estos derroteros. Los que realmente me preocupan son los inocentes perjudicados que sin darse cuenta se cuelan o los deslizo en mi territorio comanche. A ellos, que nada tienen que ver con esta guerra, son a los que en mi huida les zumbo con las palabras hirientes con las que corro, los daño con los reprochones bofetones con los que araño y a los que arranco las lágrimas con los desmedidos e incontrolados gritos helados.

A ellos, mis más sinceras y sentidas disculpas. Lo único que deseo es que no les quede cicatriz. Por mi parte, vuelvo a mi batalla. He encontrado un escondite donde agazaparme y observar al más listo de mis demonios que anda dando tumbos buscándome. Sigo sus movimientos de reojo mientras sin aliento y a ciegas recompongo los cristales del reloj de arena y recojo la diminuta arenilla.

Lo volveré a reparar, volveré a meter los granos dentro y  una vez más le daré la vuelta, lista para la siguiente batalla que terminará nuevamente con la caída del último grano de arena.

A ver si en esta ocasión me cargo de una puñetera vez al demonio más peligroso, al traicionero que siempre me ataca en mi merecido descanso, y no me vuelve a joder ni un solo reposo más, ni otro reloj de arena… Los otros súcubos son pan comido. Y los ángeles, en fin, esos ya no son ni merecedores de batallas.

Lo más gracioso de todo esto es que ese amigo, que me ha pedido que no le deje solo en la visita a su pequeño infierno y guerra, me llama “Alma Blanca”. Ante esta descripción solo puedo expresar una leve mueca que simula una torcida sonrisa.

Hoy se lo dedico a ese Dios de otros, a los inocentes dañados por mis encarnizadas batallas, a los paupérrimos ángeles, a ese demonio, al que volveré a ver sus mil y deformadas caras, y a los de mi amigo, a los que sonreiré con mi torcida mueca. 

@CuentaMatildeCajón Desastre

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