2016, un solo propósito

Terminó. Por fin se acabó el maldito 2015. Llevo despidiéndome de él desde que empezó diciembre.

Con este año he descubierto que siempre hay otra gota más. Aunque creas que ya se ha rebosado el vaso puede haber otra gota más que cae en el inmenso recipiente lleno hasta los topes y chorreando.

Eso es lo que ha sido para mí 2015: un gran vaso que se ha ido llenando y llenando de sucias gotas de un líquido de mala suerte. Caía una gota y me decía -ésta es la que rebosa el vaso- Pero no, siempre había otra esperando y preparada para caer.

Con una de esas posibles últimas gotas me rendí a la retahíla de sucesos que ennegrecían mi alma, mi ánimo y mi ya santa paciencia.

Me despedí por tiempo indeterminado del trabajo agotador con una frase robada. Llegué a mi casa, metí una botella de vino en la nevera y abrí la que allí aguardaba. Me senté en el suelo de  la cocina con mi vaso chato, mi botella al lado, mirando a mi Dako que me observaba con la cabecita ladeada y mandé tres wasap a algunos de mi gente. Los que me cuidan en este momento.

 – ¿Qué vas a hacer L?
– Emborracharme, pero tranquilidad que no salgo de mi casa.

Prometido y cumplido. Afortunadamente mi amenaza fue escuchada por buenos amigos que vinieron a acompañar y compartir mi borrachera. Tras esa noche, sentí liberación, gratitud y un amor inmenso por mis amigos.

Fue el pasado 11 de diciembre. Ya hace más de un mes y dos días de esto. Han pasado también las odiadas e irremediables Navidades y el dichoso e inevitable reversible paso por el aeropuerto y ya se sucedieron los abrazos, los besos de saludos y de cariño, las felicitaciones, los días de compras obligadas, en mi caso pocas afortunadamente, y las charlas. En esta ocasión he dado pasos de reconciliación con mi querida y odiada isla. He disfrutado de las Canteras, de algunos de mi familia, de la buena compañía, de la mejor amistad. Pero siempre me ha acompañado ese piojo pegado que la gente llama Soledad, y con ella algunas noches charlaba la Intranquilidad. A estas dos tengo unas ganas enormes de darles por saco. Pero ahí están, así que intento llevarlas con aguante.

Y he vuelto a Madrid con un nuevo pero conocido punto de partida. Me siento como si jugase a la Oca con dados burleteros y maliciosos que saltan en el tablero buscando los números que me lleven continuamente al punto de partida.

Me siento como si estuviese en posición para correr un maratón lleno de casillas vacías excepto la mía. Miro al frente y veo a mis sanos, alegres, orgullosos y despreocupados competidores en la meta, mientras yo doy vueltas al recorrido para volver a ponerme en posición de salida. Miro de reojo al tío vestido a rayas con pistola en mano alzada, preparado para anunciarme el momento de comenzar a correr… otra vez.

¡Bum! y me lanzo. Pero la energía me dura lo que me deja mi cuerpo. Empiezo a toser y no consigo controlar el ritmo de la respiración, mi rodilla cruje y me obliga a cojear, mi pecho se cae hacia delante y mis brazos van arrítmicos.

En definitiva, cada vez corro peor en estos repetidos y ya cansinos maratones en los que no paro de caerme. Así que he decidido ir a paso rápido o trote lento y dejar de correr. Ir con un ritmo constante y sin mirar a los lados para no ver quién me adelanta.

Ese es mi propósito para 2016: Seguir a trote lento impulsada o empujada por la Esperanza. 

Hoy va por Alberto y Aubin, por la compañía en la intencionada borrachera, a Astrid, por su generosidad prestándome a su marido, a Cris (Cani Cani) por la amistad y por ayudarme a reconciliarme con la Isla y a Elena, mi prima, que hace que me guste más estar en familia. 

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