Maldito mes y medio de octubre: Hello

Hoy me he despertado sintiendo alarma. Me he levantado como casi siempre, de un salto y pensado qué coño va a sustituir a los pantalones vaqueros para ir a trabajar. He tardado unos segundos en darme cuenta de que es sábado. He respirado, me he puesto el café y en vez de quedarme cinco minutos apoyada en el fregadero, como casi siempre, he puesto la calefacción, encendido el ordenador y buscado a Adele en el Spotify.

Ahora estoy escuchando su último álbum, 25. Mientras, Dako, hecho un ovillo encima de mi colcha, me da tiempo de respiro de sus exigencias ladrunas.

Lo de echarlo de mi cama lo he dejado para otra fase de mi recuperación. No puedo luchar con él y ni quiero hacerlo. Me da calor y cariño, así que se queda. La norma era suya, así que también se puede ir con él.

Hoy he decidido que se termina el maldito mes y tres cuarto de octubre. Estaba durando una eternidad y estaba lleno de contratiempos cansinos, dolorosos y estresantes. En este maldito octubre, que ha durado 60 días y 60 noches, cada acontecimiento de mi vida lo he vivido como si fuera una gotita de tragedia. Las gotitas se han acumulado, han rebosado el vaso y me han ahogado hasta llegar al pensamiento de no puedo más.

Pero sí puedo. Siempre puedo. 

Llevo seis meses reales sin su compañía, pero realmente ha sido durante este largo mes cuando he decidido borrarlo totalmente de mi vida y de la del que era nuestro perro, el único hilo fino, débil e invisible que seguía manteniéndonos unidos.

En este mes he dejado de llorar en el coche, a los recuerdos les he dado el manotazo con más agilidad, he discutido menos con él a solas, a las paredes ya no les he reprochado tanto, he dejado de mirar tan frecuentemente a la nada y en mí se ha implantado el verdadero convencimiento de que no tiene remedio, que mejor estar en este estado que sentir la mediocridad del reciente pasado.

Y es que el puto eterno mes me ha jodido con tantas machacadas que he tenido que aparcar ese dolor para darle paso al despropósito. 

En estos días he eliminado a golpe de wasap a nuevos conocidos, recibido largos plantones, silencios míos y de quien no los esperaba, luchado contra mi impaciencia sin éxito, explicado agotadoras razones en bucle a oídos sordos; me he instalado firme y me he caído de rodillas, golpeado la mano, provocado ronchas rojas en la cara y el declive de mi pelo sin sentido.

He pagado facturas que no son mías y exigido sin éxito lo que me pertenece; no he recibido disculpas ni explicaciones; he trabajado sin sentido, ni control; recibido crueles y dañinas críticas, consejos inútiles y llenos de chismorreos, y he estallado a lo grande.

Me he ganado fuertes y peligrosos enemigos, perdido un viaje de descanso, gastado un pastón en dos cosas inútiles, organizado dos grandes y agobiantes fiestas para el disfrute de otros, abandonado mis asuntos cotidianos, atropellado a una abuela con el coche y recibido amenazas o advertencias veladas telefónicas.

He dado la bienvenida a la inseguridad, la incertidumbre, el desespero y el vértigo; visto en el espejo un reflejo que no me gusta nada y he recibido con los brazos abiertos a la desconfianza, la alerta constante y a la distancia, hasta que por fin me ha visitado el sentido de asimilar y con él cierta tranquilidad. 

Tras este odiado mes de 60 días, a pesar de mis manías por eliminar a nuevos conocidos, algunos insisten; he decidido controlar a quienes pretenden gestionar mi tiempo; los que repentinamente se quedan en silencio, vuelven, me abrazan y acarician, y también yo rompo ciertos caprichosos silencios propios; mi impaciencia ha bajado un listón y he dejado de dar tantas razones sin fin.

Las facturas que no son mías las he devuelto con éxito y he renunciado a cosas que puede que nunca eche de menos. Ya no espero ni disculpas ni explicaciones; he decidido trabajar en lo que debo, no en lo que creo; tapar mis oídos para no escuchar las nocivas e inútiles críticas; ser hipócrita con los consejos interesados, y he conseguido relajar mi falta de control.

He decidido dejar que los enemigos se caigan o triunfen sin mi ayuda y esperar a descubrir cómo se suceden los acontecimientos sin darles empujones, olvidar ese viaje que nunca se realizó y devolver una de las cosas inútiles. He dado las gracias a los invitados por sus felicitaciones, retomado alguna tarea personal, atendido como debo a la solitaria abuela y me he pasado por el forro las seudoamenazas.

En este eterno mes he decidido aceptar la inseguridad e incertidumbre, he recibido comprensión ante mi ira, consuelo en mi desesperación, atención y cariño en mis quejas, empuje en mis pasos, apoyo en mis explicaciones, disculpas hacia mis errores y cierto abrigo ante mi estado de indefensión.

Pero claro, tras vivir un mes tan largo han quedado secuelas: una rodilla grita cada vez que la doblo, así que ir al médico se su suma a la lista de cosas sin realizar; las heridas de los dedos las he maquillado con manicura; como recuerdo de las ronchas de la cara queda una pequeña manchita rosácea a un lado de la nariz, para el pelo retomo las eternas cápsulas milagrosas y comienzo a hacer migas con el nuevo reflejo de mi espejo.

En cuanto a la desconfianza, le he dicho que le deje un pequeño hueco a la fe y he acortado unos metros la distancia mientras me ocupo de trabajar en la receta de fusionar la resignación con el coraje.

Ahora escucho ‘Hello’.

Por la comprensión, gracias Ratita; el consuelo, las caricias y el silencio roto, gracias Alberto; el empuje, gracias mi  pequeña y linda Marta; la defensa, gracias Charo, y por la atención, cariño en mis quejas y disculpas en mis errores, gracias Mapi.

Ara, intentaré acortar mis silencios, pero dame tiempo, sabes que te quiero.

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