Elena: La prueba que se carga la teoría de que nadie es imprescindible

Que decepción se llevaría el anónimo que formuló la teoría de que nadie es imprescindible si conociese a mi prima Elena
Hoy me he levantado con la sensación de que ha llegado el momento de parar, de buscar el camino, de descubrir quién soy.

Anoche me vestí de roquera, de negro, con botas adornadas de cadenas. Bebí, me cansé, abusé, bailé, charlé animadamente con el taxista y con su auxilio me pasé quince minutos intentado abrir la puerta de hierro verde de mi casa, a cuya cerradura le entró el capricho de atascarse a las cinco de madrugada. Me dio un respiro temporal y una advertencia muy seria: “O mañana cambias la cerradura o te quedas en la calle”. 
Así que ahora Dako y yo estamos secuestrados dentro de casa esperando a que Alber venga a nuestro auxilio con un bombín nuevo que, según él, me va a costar 150 euros. 
Hoy me he despertado con la sensación negra con la que me vestí anoche. Con mi perro malcriado que adopta costumbres que no estaban permitidas antes del divorcio. Hoy me he despertado asfixiada, sintiendo calor, con el olor de Dako en mis narices. Me he levantado con el humor negro, producto del trasnoche, del incidente con mi cerradura y de los pelos de mi perro en mi colcha. 
Me he puesto el café pensando cómo sacar a Dako sin cerrar la puerta de mi casa. Así que la he abierto, a mi peludo amigo le he dado libertad para irse para siempre y me he quedado guardando y aguardando en la puerta, con café en mano con la esperanza y cierta confianza de que volvería. 
Lo hizo. Además de la cerradura, la vitro avisa ya desde hace tiempo que algo malo le pasa. Pero, como hice en su momento con la cerradura, con ésta también hago oídos sordos. A la nevera también le ha dado por quejarse porque suelta agua y me boicotea las verduras. Yo, erre que erre, con santa paciencia achico el agua como si ese efecto de la nevera fuese de lo más normal, esperando que se arregle solita, que no estoy para estos menesteres. 
Y con todos estos agujeritos adornando mi negro ánimo, me he vestido de “me resbala” y con el segundo café y un buen sándwich me he puesto a leer. Un rato Logicomix, cómic, aritmética, matemáticas y la vida y alma de los más grandes matemáticos y lógicos en viñetas. Seguidamente, he cogido otro que me regaló Charo hace poquito: “Cómo superar las penas de amor con Newton”, de Juan Carlos Ortega, quién sin disimulo intenta enseñarte un poquito del Cosmo, disfrazándolo con una historia de desamor ñoñita. 
Curiosas las casualidades pero ambos libros parecen ir hacía el mismo destino o teoría que pretende demostrar lo íntimamente estrecha que es la relación entre lo emocional y lo científico, cuyo efecto o producto se convierte en realidad.  
Y sin quererlo vuelvo a Elena porque es precisamente eso: la teoría de la existencia en base a la fusión de lo emocional y lo científico que, a su vez, lleva a “querida prima te has cargado la teoría de que nadie es imprescindible”. 
Acariciando este manto negro con el que he vestido mi alma, tras veinte páginas, de repente me he dado cuenta de que vuelvo a leer, concentrada, que he dado otro paso sin percibirlo. ¡Bravo por mí! De este pensamiento he saltado a otro que lleva cuatro meses rondando por mis neuronas: Pero, ¿Quién coño soy yo? ¿Me conozco? 
Hoy han venido respuestas: Soy producto de poemas de Machado, de canciones sobre el Che,  de acordes de Serrat, de rimas de Bécquer, de paseos en moto, de mezcla y fusiones de colores, de papeles y tizas pastel, de ritmos de guitarras, de la justa realidad de Mafalda, de viajes en caravanas, de brazadas en piscinas y mares.
También soy producto de un presente pasado vivido con los que hicieron un poquito de mí. Soy producto de esa relación perfecta, de charlas francas, de juegos íntimos y limpios, de lloros y limpieza de mocos mutuas, de compartir almohada, gripes, chicles, broncas, abrazos, reconciliaciones, sin complejos, sin dudas, sin chismorreos, envidias o recelos. Soy producto de formar parte de un club selecto donde cada uno de nosotros éramos únicos, independientes e imprescindibles. 
Me he limpiado la cara, he despejado el fleco de mi frente, me he puesto unos pantalones viejos, una camiseta simple y después de cuatro meses en este presente he sentido la seguridad de ese pasado. 
Hoy ha nacido un convencimiento: mi amor sincero por mis primos, por David, por Elena, mi alegría desbordante porque Elena ha jodido la teoría de que nadie es imprescindible. Y con ello, no solo salva a David, a mí también. 
Querida gemela, eres ese poquito de realidad hecha por la ciencia y la emoción. 
Hoy se lo dedico a David y a Elena, materia prima que formaron parte del producto de lo que hoy soy yo. Así que, díganme: ¿quién soy?

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