147 días en Kenia: Cosas que no he contado

Estaba trabajando y saltó el apartado de mensajes de Facebook. Era Asha que me anunciaba la marcha de Virginia. Nos hemos puesto a charlar, a contar nuestras nimios y pequeños cansancios respectivos y a buscar nuevos planes…. Esto último me ha dado gusanillo de más, así que se me han quitado las ganas de seguir trabajando. En esta ocasión estoy haciendo una guía turística sobre las localizaciones en Cardiff de una serie televisiva indescriptible. Se llama Torchwood y su primer capítulo se titula ‘Everything Change’.
No viene al tema, pero el título sí: Everything Change. Y es que para nosotros todo está cambiando. Por esa razón será que cada vez me cuesta más escribir. Es como que llega el final…, y  ya sabes qué pasa con los the end: estás deseando encontrarte con él, pero a la vez no quieres que llegue ese momento.
En fin. Durante estos casi cinco meses en Kenia hemos vivido muchas cosas que no he contado. Unas insignificantes, otras significantes. Son anécdotas que quise guardar, que no pude narrar, que no venían a cuento o que se pasaron en el tiempo. También son emociones de completa sorpresa, de indignación, de desilusión, de esperanza, de alegría, soledad, resignación, generosidad, solidaridad y compresión. Pero sobre todo son experiencias que, creo, han hecho de Julio y de mí otras personas. Se tratan de vivencias, unas contadas y otras no.
Recuerdo una de ellas protagonizada por Judith. Judith me hizo una lista para prepararnos una comida verdaderamente keniata. Fuimos al supermercado y al día siguiente, un viernes, comimos todos juntos en casa: O, Francis, I, N, Nasib, Julio y yo. Judith no paró de hablar de las tribus, de sus guerras, de los malos que eran unos y los buenos que eran otros y de sus costumbres. El menú consistió en Matoke, una especie de banana verde que se cocina, y Pilau, arroz con carne.  
Laura con Judith, J, O y Nasib

La relación con Judith es especial. Todos hemos confiado en ella y cada uno le procesamos cariño a nuestra manera. Tanto es así, que los chicos de casa y A han conseguido que tenga un contrato indefinido como limpiadora en la nueva oficina. Entiendo que no parece mucho, pero para ella, que se quedaría sin trabajo cuando nos fuésemos, creo que sí lo es. Judith, a pesar de su timidez, me ofrece mucho cariño y el día de los enamorados me regaló una flor de plástico, con un osito y un mensaje. Ciertamente, la flor me espanta, pero el mensaje y el esfuerzo me gustan.

Nunca ha dado pie a la desconfianza, pero a pesar de ello, por causa de un extraño robo en casa, su puesto estuvo en peligro. Sabíamos con seguridad que ella no había sido, así que Julio con sabiduría y medida pausa supo descartarla de cualquier sospecha. La pena es que nunca sentiremos plena confianza en ella, no porque sea Judith, sino porque aquí el keniata tiene un papel predefinido y el blanco también.

Nasib. El compañero de risas del día a día de Julio. Es masai, conductor y lleva y trae a Julio de un lado para otro, acompañándole allí donde vaya por trabajo. La relación es de charlas, de lecciones en español, de complicidad y de risas, porque se lo pasan muy bien juntos. Nasib viene de vez en cuando a comer a casa. Le invitamos intencionadamente porque prácticamente no comen o se alimentan a base de Ugali, una masa de harina sin sabor que detesto. Un día se puso enfermo del estómago. Hacia como tres semanas que no venía a comer a casa, pero el médico le dijo que seguramente su padecimiento era la comida extraña que yo preparaba. Así y todo, volvió a casa a la hora del almuerzo. Desgraciadamente,  ese día hice un rollo de carne de cerdo. Le encantó hasta que preguntó de qué carne estaba hecho y al enterarse de que era cerdo se negó a comer porque son animales muy sucios. Le pregunté si era musulmán, pero lo negó. A los días, nos enteramos de que era musulmán.
Mombasa: Diani y Tiwi. Playas paradisiacas y casi vírgenes, donde la armonía espiritual se jode por los constantes beachboys, jóvenes que nos persiguen allí donde vayamos para vendernos todo lo posible. A Mombasa fuimos con amigos y solos. Dimos a comer a monos y perros que llegaban a nuestra mesa justo a la hora de comer, y teníamos cocineros que nos preparaban pescado y marisco fresco, traídos por ellos.

En Mombasa, la segunda ciudad más grande de Kenia, residimos en casas cabañas de ensueño; nos fuimos a un arrecife de corales en donde descubrimos una paleta de colores de peces que hasta ahora no había visto en vivo; navegamos en  viejos veleros en los que nos cantaron canciones del país; avistamos delfines; me pinché con erizos de la costa; conocimos la vida de la playa, totalmente diferente a la de Nairobi; experimentamos la incapacidad de las compañías aéreas, que te eliminan los vuelos como si nada y te meten en otros de la misma manera; traspasamos el mar por el ferri con una especie de excitación y temor al estar completamente rodeados de negros en la noche; sufrimos nuevamente el escalofrío de los adelantamientos; subimos en tuk-tuks (taxi motos) para ir de compras al supermercado; disfrutamos de masajes y del agua de los cocos cortados por los beachboys, y a Mombasa fuimos en el Lunatic tren.

Un viaje en el Lunatic train es una experiencia que te aconseja todo el mundo. No es fácil realizarlo porque el tren está continuamente jodiéndose, atascándose o quién sabe qué más. Y es que sólo hay un raíl desde Nairobi a Mombasa, así que si un tren descarrila en su trayecto eso ya frena la marcha del resto durante un par de semanas.

Lunatic Train

Nosotros conseguimos coger el Lunatic train. Se trata de un largo tren, cuya hilera de vagones no termina, descuidado, prácticamente abandonado y atascado en otra época. Te recomiendan que viajes en primera porque en otra clase no hay garantías de lo que te pueda pasar. Así que con ganas de aventuras, pero no tantas, decidimos ir en primera. Lo único de lujo que hay en el compartimento es que te ponen sábanas a la hora de dormir y que te dan de comer, todos apretujados en las mesas, un menú de tres platos en la cena y en el desayuno. El trayecto entre Mombasa y Nairobi se realiza en una hora en avión, seis en coche y con el tren, en trece horas, si tienes suerte, porque con el Lunatic nunca sabes si llegarás a tu destino.

El caso es que merece la pena el viaje porque por la rendija de la ventanilla vas descubriendo el paisaje de Kenia desde su centro hasta su sur. Pueblos dispersos de chozas, con sus vacas y cabras alrededor; inmensos campos cultivados, en los que aparecen figuras de hombres y mujeres agachadas, grandes mezquitas rodeadas de cabañas de paja y barro; mujeres cubiertas de arriba abajo, mujeres vestidas con faldas de kikois; niños, muchos niños, corriendo descalzos siempre tras el tren, con gesto de hambre, de saludos y de dame algo; un paisaje inverosímil en sus dos extremos: la belleza de una naturaleza a la que no le llega la mano del hombre- por el momento- y la horrorosa imagen de la más infame pobreza representada en dos fotografías: el paso de Kibera en la noche, que nos dejó sin respiración, y el espantoso vertedero barrio de la entrada de Mombasa por la mañana, que hubiese sido mejor no tener ni vista ni olfato para presenciar la escena de ver a gente viviendo y rebuscando no sé qué en una montaña gigante de mierda. Dos recuerdos que, por mucho que quiera la mala memoria, ni Julio ni yo, olvidaremos.

Kibera. De Kibera he hablado mucho, pero es que sin este lugar mi vida en Kenia se hubiese quedado coja. Kibera ha sido de las experiencias más gratificantes de mi vida y sólo por ello siempre estaré eternamente agradecida a O y Marlene. A la primera por introducirme en la vida de aquí, y a la segunda por darme la bienvenida a Kibera.
Este sábado volví. Cada vez soy menos útil porque Marlene tiene una nueva cooperante que ha llegado de México, Valeria, que se mueve como pez en el agua. Aún así, voy por añoranza, por pasar un tiempo con los niños y por vencer al miedo. Y es que a Marlene también le han robado, pero a ella a punta de pistola y de camino a su trabajo en el slam. 
Marlene sigue yendo cada día a Kibera, sin miedo -o con temor disimulado- y con su inseparable sonrisa,  así que yo también. Este sábado hemos bailado, tocado tambores, cantado y reído guiados por Daniel, un músico local encantador experto en el trato con los niños y en tocar los timbales. Ahí he notado que sí que voy a llorar, pero va a ser cuando abandone Kibera y a los niños de los sábados, como a Ive.
Algo le pasa a Ive. Su sonrisa se ha muerto y mira al suelo constantemente. Estoy convencida de que le han hecho algo. No sé qué, ni quién, pero algo le ha pasado. Así que no he podido evitarlo: le he acariciado, dado besos, mimado y, con sólo esos gestos de cariño, Ive se ha pegado a mí como una lapa, agarrada a mi brazo todo el tiempo y allí donde estuviera siempre estaba buscándome.

En este día, mientras andaba trasteando con fuego para calentar los tambores -la tarea que me marcó Marlene-, llega ella diciendo con naturalidad que la policía acababa de matar a un ladrón. A este pobre desgraciado se le ocurrió robar, junto a un compinche, a un local en otra zona de Kibera. Pues no se pudo librar, porque la policía le siguió hasta la zona de la misión, le rodeo y le pegó cuatro tiros. Primero, uno en la pierna y, como no dejo de moverse y como tampoco soltaba la pistola que llevaba en la mano, siguieron los demás disparos hasta que murió. Según cuentan, si en vez de la policía, le atrapa un grupo de locales, su suerte y su vida hubiese terminado bajo un neumático de fuego. Y es que aquí al ladrón se le quema…La gracia es que no hay mayor ladrón en Kibera que los miembros de su Gobierno al completo, pero éstos en vez de neumáticos de fuego reciben mansiones. Para ser realista, la manera drástica que se tienen en Kenia de acabar con un ladrón, impacta, pero la verdad es que no se diferencia en mucho de España en la forma desequilibrada que tenemos de castigar a unos pobres desgraciados y de indultar a ricos miserables.¿No creen? 

Por hoy lo dejo aquí. Seguro, narraré más historias de nuestra vida en Kenia que se me quedan en el tintero. Julio también tiene mucho que contar, porque él ha sufrido-exprimido cosas que yo no he experimentado. Así que espero que, antes de que termine este viaje, se anime.
Hoy llevo 147 días en Kenia. Julio, 154 días.

Hoy un beso a Asha que me ha arrancado de Torchwood para meterme en las cosas que no conté de Kenia.

6 comentarios

  1. Mi niña linda,cómo nos emocionas con tus vivencias,con tus palabras…..que bonito lo q escribes……que sensaciones tan intensas y profundas debes estar viviendo……..Y todo lo q te queda por contar.Animo vida…..siempre quedarán tus recuerdos.Te quiero mucho cieloUn abrazo enooooorme a Julio

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  2. Hola niña, qué bello recopilatorio, qué envidia de experiencia…y qué penilla que se acabe!! Menos mal que aqui os estamos esperando para que nos lo conteis todo todo!!! besitoooooooooooo

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