87 días en Kenia: Las mexicanas de Kibera

Seguiré con mis misceláneas y seguro que habrán muchísimos capítulos más, pero voy a hacer un parón para hablar de las mexicanas de Kibera. Seguro que si ellas leen esto dirán: “nosotras no somos de Kibera”, pero es que yo las identifico allí, así que son mis mexicanas de Kibera. Hagamos las presentaciones:
El día de las presentaciones

Creo recordar que ya alguna vez les he hablado de ellas. Un día, O, nuestra gran relaciones públicas, preparó un encuentro para que Nuria y yo conociésemos a unas mexicanas que llevan años trabajando aquí. Pues ahí fuimos a conocer a unas nuevas amigas. Nos encontramos con dos chicas que juntas hacen una graciosa pareja: una es alta, fuerte y sonriente, Marlene, y la otra es bajita, con apariencia más frágil – sólo apariencia- y con un semblante no serio, pero sí comedido, Xochitl. Al verlas juntas y al hablar con ellas, enseguida te das cuenta que se complementan ya que entre las dos las historias que cuentan son apasionantes; la emoción es completa, y el equilibro entre la guasa y el respeto es perfecto. Seguro que ellas no perciben el buen equipo que hacen juntas.
Fue una tarde divertidísima y relajada, tanto que se me hizo corta. Fue un encuentro de chicas que se celebró en una terraza del gran centro comercial el Junction. Pero no fue una reunión de niñas cualquiera, porque en este encuentro no se hablaba de las cosas comunes de las que solemos parlotear las mujeres cuando nos encontramos. En esta ocasión, hablamos sin respiro de cómo en una ocasión intentaron robarle el móvil a Marlene mientras conducía y como Xochitl desde el asiento de atrás lo intentaba impedir; supimos los años que llevaba Xochitl trabajando en Nairobi: nada más y nada menos que ocho; los de Marlene, que creo que lleva dos; conocimos sus cometidos aquí y descubrimos la leyenda o historia de la Virgen de Guadalupe.
La Misión mexicana

Marlene y Xochitl trabajan en una misión mexicana que está dentro de Kibera. Se llama Catholic Church- Kibera, pero a mí me gusta más llamarla la Misión de Guadalupe, cuya virgen, ‘nuestra señora de Guadalupe’, con tez morena, cae simpática a los keniatas ya que su imagen se acerca más a lo que son ellos: negros.
O las conoció cuando llegó a Nairobi. Se encontró que tenía que empezar una nueva vida partiendo de cero y entonces contactó con ellas, por probar, para ver si podía hacer algo a lo que estaba acostumbrada y sabía hacer: colaborar. La buena suerte, según me cuentan las amigas, es que en esta ocasión Marlene, que recibe muchos correos al día de gente con supuesta buena voluntad, abrió el mensaje de O, algo le gustó y le contestó. Así O conoció a Marlene, después a Xochitl y finalmente nos la presentó a Nuria, a mí y a Julio. Hoy en día, Osigue diciendo que las mexicanas fueron como un soplo de aire fresco para ella en sus comienzos en Kenia.   
Marlene y Xochitl

Marlene y Xochitl son unas misioneras laicas, cada una con su función en la Misión. Del último cometido de Xochitl, que se dedicaba a tareas de comunicación, escribí en su momento en TalentyArt: ‘Creciendo, Creando y Recreando’: el Arte como terapia para niños’

El de Marlene, lo observo e incluso ya lo vivo. Y es que en ese primer encuentro- después tuvimos otros- Marlene nos propuso ir un día con ella a Kibera, o más bien yo insistí en que nos llevase un día a Kibera…, u O insinuó si íbamos a Kibera. ¡Qué más da! El caso es que fuimos a Kibera.
Mi primera visita a Kibera

Un sábado bien tempranito quedamos dos amigos y yo con Marlene en otro centro comercial a quince minutos de mi casa. Le llaman el Prestidge. Este sitio, al que a veces vamos a comprar porque tiene un supermercado grande, el Nacumat –imagina un Alcampo o algo así- está situado en una buena zona de Nairobi, en Kilimani, pero detrás de él se esconde una de las barriadas más grande y pobre del Este de África: Kibera.
Entramos sobre las nueve de la mañana, pero la actividad en la zona estaba en pleno apogeo (Tengan en cuenta que aquí el día y la vida empieza a las seis y media de la madrugada). Entramos por unas puertas invisibles pero tan bien percibidas que parecían de hormigón..,  y entramos…
La sensación es extraña: no te asustas, no te sorprendes, no te escandalizas, a pesar de que la imagen es aterradora. Y es que ya he escuchado tanto de Kibera que, aunque nunca pude imaginar su imagen real,  tampoco llegó a sorprenderme al encontrármela de frente. El caso es que si nunca has oído hablar de Kibera y de repente lo conoces, el susto, la indignación y la incomprensión te puede llegar tanto al corazón que hasta sentirías dolor físico. Kibera produce eso: dolor físico, indignación…y resignación.
Señores: a la izquierda, el campo de golf; a la derecha, las vías del tren  
          
Un mural de la Misión de Kibera hecho por jóvenes locales
Recogiendo agua
Entramos por la calle grande. Una de las principales que no tiene nada que ver con las callejuelas que te adentran al inmenso slam. Hay casas y tiendas a cada lado. Las llamo casas porque son sus viviendas, pero ni son casas, ni son tiendas. Son cajas de chatarras mantenidas en pie a duras penas. Allí vive la gente de Kibera. En calles que no son calles, en casas que no son casas, en la inmensidad de la nada, en un mundo paralelo de Nairobi, en una tierra que con un suspiro crece una flor…excepto en Kibera. Allí no nace ni una raíz porque no tiene dónde agarrarse.
Seguimos caminando, siguiendo a nuestra guía, Marlene, mientras que con su inalterable buen ánimo nos contaba anécdotas de su vida en Kibera, de historias de gente de Kibera, de momentos muy tristes y no tanto de Kibera. Lo cuenta sin pena, sin crear lástima, lo cuenta totalmente consciente de que observa y narra una realidad que no le gusta, una que no le pertenece, pero en la que desea estar.  
Mientras caminábamos entres las ‘casas’, la gente que iba y venía, los hoyos, los charcos de suciedad, el ligero hedor de momentos, los socavones, las gallinas, las piedras y la tierra, hacíamos dos cosas: devolvíamos los how are you? de los niños que se hallaban a nuestro paso y mirábamos furtivamente a las callejuelas de los lados para encontrarnos con pasillos estrechos que llevaban a una imagen más inimaginable.
El paseo hasta la Misión de Guadalupe

No es un camino corto y en este trayecto nos encontramos con imágenes muy diferentes. De repente de un tramo más alto, nos topamos con la infinidad de tejados que forman parte de Kibera: piezas de chatarra corroídas agolpadas unas junto a otras que llegan hasta un horizonte se me antoja muy lejano. En otro tramo, nos encontramos con la vista del campo de golf que hay a la izquierda de kibera y, si miras a la derecha, te acompañan los raíles del tren que están justo en medio de Kibera. En medio quiere decir en medio, a la altura del paso del hombre, tanto que, si pasa un tren y quieres, puedes rozar sus vagones con sólo alargar un brazo. La siguiente imagen es la Misión de Guadalupe, con su iglesia de piedra cuya altura de la cúspide te orienta en tus pasos hacia ella; con su pequeña escuela de madera; con su patio de recreo; con su pequeña clínica… Un espacio cerrado, pero abierto. Un espacio de respiro. Un espacio para los niños de Kibera.
Me estoy extendiendo ¿no? Pues lo dejo por hoy. Sólo les adelanto que ese día comenzó mi propósito de cumplir un compromiso: ir cada sábado que pudiese a Kibera. No sé si ayudo, pero ellos a mí sí. Se trata de los niños de los sábados en la Misión de Kibera, que merecen un post para ellos solos, así que hasta el próximo día.
Hoy llevo 87 días en Kenia. Julio, 94. Le queda poco para los cien días de gracia.

Hoy estoy emocionada porque los Akicha me han pedido que mañana acompañe a Francis a hacer una excursión para unos clientes suyos que son españoles. Francis entiende mucho español pero, por suerte para mí, todavía no se atreve a hablarlo… Así que mañana me voy de paseo al Lago Naivasha.
Julio cada día está más concentrado en su trabajo porque viene la etapa dura. Bueno, me estoy haciendo la idea de que en breve no le veré el pelo. Aquí, entre nosotros, pa mí que él lo está deseando.
Mister Wafula también me ha cancelado la clase de hoy. ¡Madre mía! Yo no sé si mejoraré mi inglés, pero la paciencia se va a convertir en una de mis virtudes.
Hoy besos a Natalia porque los necesita; besos y desear suerte en el nuevo proyecto a Kiko y Rebe, que no lo necesitan, y hoy un abrazo y miles de besos más a Ara, que llevo semanas pensando en ella.
Pd: Cristina, mi Cani Cani, me acordé de tu cumpleaños, pero allí donde andaba en tú día no podía conectar. Perdóname un año más. Se me pasa tu cumple, pero te aseguro que estás conmigo cada día. 

Pd2: Mis mexicanas de Kibera, les he mangado fotos de por ahí… espero que no les moleste y si es así, las quito en un suspiro…Y si cometo algún error en mi historia, ya saben cómo somos los periodistas: O mentimos, o nos lo inventamos. Prometo corregir los errores que encuentren. 

6 comentarios

  1. Laurita, creo realmente que estás describiendo todo lo que te pasa y lo que ves, estupendamente!!!!!Por cierto, el jueves de la semana que viene vamos a comer en casa todas las niñas, y estuve a punto de llamarte, jajjajajjaja…Bueno, decirte que brindaremos por ti y Julito.Un besote enorme de Sergio, Marpelina y mio.Sigue disfrutando y haciendonos disfrutar a nosotros.

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  2. Me quedo con las ganas de leer más sobre las mexicanas y Kibera, Se echa de menos alguna foto de la iglesia, please. Bsss y suerte en el vaije a Naivasha, igual te acaban contratando para guía. 😉

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