42 días en Kenia: Junto al Mara y sus huéspedes

Como no me de prisa se me van a acumular los recuerdos. Cada día, por poquito que sea, tengo algo que contar, pero todavía ando por la Noche Vieja en Enkerende. En realidad, sólo les he puesto al día de nuestra llegada. Fue a partir de entonces que descubrimos el paraíso. Mucha gente le llama así: ‘Paraíso‘, y es que no exageran, la descripción es literal. Porque al morirme, si existiese un cielo, me gustaría que el mío fuese Enkerende.




Keko-keko
Pole, pole -lento, lento- y paso a paso. Llegamos a Enkerende y además de los masais, a la entrada nos vino a saludar un residente muy especial del camp. Si quiere puede pasar desapercibido, suele ir a cinco o siete pasos detrás de ti, va a lo suyo pero no te pierde de vista, es muy silencioso y come hierba. Se trata de una huérfana gacela thompson, adoptada por Raúl y Cristina, o eso creen ellos, porque al ver cómo se maneja Keko-Keko por Enkerende,  para mí que ha sido él el que ha adoptado a sus padres muzungus y ha hecho del campamento su hogar. Es adolescente y le están creciendo los cuernos….Eso será un problema para los Enkerendes que todavía hoy, imagino, están pensando qué hacer para que los cuernos no se conviertan en una queja para los clientes petardos. Ya sé vera…
El Mara de Enkerende 
Pues eso, la primera sorpresa fue Keko-Keko (repito su nombre porque es así como Cristina le llama por las noches para encerrarlo y que no se lo coma ningún depredador). Con Keko-Keko a nuestras espaldas, prudente, sigiloso, y en ocasiones temeroso, nos fuimos a almorzar. Fue el momento en el que descubrimos el lugar donde nos hallábamos. A ver si consigo describirlo más o menos como realmente es. El camp de Enkerende es un sitio libre, un trocito de tierra en medio del ecosistema del Masai Mara. Tiene el privilegio de cortar por un lado con el río Mara,  cuya orilla opuesta ofrece un monte de bosque, y de extenderse en el infinito de la tierra por el otro. El camp está delimitado por líneas imaginarias o por las figuras lejanas de los askaris– los masais guerreros- los que vigilan el lugar, los que te protegen de lo desconocido, los que aparecen y desaparecen de tu vista, sin que sus pasos les precedan. Allí en medio de la libertad se disponen las tiendas de Enkerende, parece que de forma natural, pero no, no es así, cada caseta y su lugar está pensado y bien pensado… Pensado por Cristina. 
Las tiendas Mogambo, más pequeñas y auténticas, mirando al infinito; las Rivers, acompañadas del sonido del río y de sus incondicionales huéspedes: los hipos, los inamovibles hipopótamos que, generosos ellos, cada día nos acompañaban con sus bufidos. A las  mimetizadas tiendas con el entorno íbamos por pequeños caminitos de piedra que nos guiaban hasta el alma del Camp, el centro de reuniones, el Dinning camp. Pero, en realidad, el alma del campamento era juguetón y un día podía estar encima de una colina; otro, a orillas del río; la noche, alrededor de una hoguera… o en cualquier lugar que Cristina decidiese para ese día . 
En el día que llegamos, el almuerzo tocó encima de una pequeña colina, bajo la sombra de los árboles y con el río de compañía. Desde entonces, los masais con bandejas, el cocinero con su cocinilla, el askari en un rincón, o a lo lejos, y los manteles masais a cuadros rojos, se convirtieron en algo familiar. El lugar de descanso podía ser cualquiera, pero ellos siempre serían los mismos. Con sus movimientos suaves, su seria, corta y tímida introducción del menú, su solemnidad al servir, su mirada clara, su atención, su comedida simpatía. Y, tras unos cuantos desayunos, almuerzos y cenas, su interacción con nosotros.   
Fue una buena llegada. tranquila, pausada, que nos daba el tiempo a observar y conocernos. Eramos dos desconocidos con cuatro buenos amigos y catorce masais. El corto día de Kenia no dio para mucho más y menos necesitábamos. Pasamos la tarde conociendo a nuestros compañeros de aventura: Cristina, la sigilosa organizadora, que venía y se iba para programar algo -de eso nos dimos cuenta con los días-, sin cambiar el ritmo, la tranquilidad y la sonrisa. Raúl, arreglando cada desaguisado que surgía, haciendo cortas sesiones psicológicas con sus masais cuando el momento lo requería, aguantando el temperamento frente a algún gaje del oficio y, entre una cosa y otra, contándonos historias de su vida en Masai y de la vida masai; Jacobo, el empresario alicantino que se cree serio y que en realidad es sensible, que se hizo a si mismo, que como digo yo sería candidato a la lista de supervivientes si el mundo sufriese un holocausto, el talento arreglacosas, y Raquel, la ‘hiena’ compañera de risas de Cristina, elocuente, ingeniosa, amable, cariñosa, cercana, temerosa con risa y envalentonada sin enterarse. Yo, preguntona espontánea sin freno, y Julio, el charlatán amigo de los masais. 
Tras terminar el día, junto a una hoguera, con quinina en la mano, con el murmullo del río por compañero, con la imagen del árbol sin hojas vestido con lámparas de benceno, con el ritual de los masais, con sus voces llegando al trance, con nosotros bailando junto a ellos, cogidos de la mano, dando pequeños y torpes saltos, tras una deliciosa y equilibrada cena, nos convertimos todos en compañeros para despedir el fin de año. 
Esa noche, el campamento todavía alojaba clientes y estaba al completo. Por eso, Jacobo, Raquel, Julio y yo arrebatamos la tienda de los anfitriones, mientras ellos se iban a mitad de la nada a dormir en la tienda Robinson Crusoe -creo que con este nombre no necesita descripción-. Yo, por mis alteres mentales, le llamo Robin Hood. En fin, que cualquiera de las denominaciones da por hecho el coraje que se tiene que tener para dormir en ellas. 
Ya en ese día soñé vivir en el Masai junto a Julio. Teniendo como vecinos a los Enkerende- Cristina y Raúl. Imaginen, si sólo fue el primer día, imaginen, lo que sentimos en los siguientes…
Hoy hace 42 días que estoy en Kenia . Julio, 49.
Los masais nos enseñaron muchas palabras en su idioma, pero es que no llevaba libreta y no recuerdo ni una. A ver si Raúl me apunta alguna para chulear.
Los Enkerende están en su ‘hogar’. Se les echa de menos… A todos y en el todo. 
Hoy estamos con Jacobo, cuyo final de viaje fue bastante agridulce. Un cariñoso beso y abrazo a los dos: Raquel y Jacobo.
Hoy un guiño a Kiko y Leila. A los primeros que invitaremos a nuestro especial masai el día que lo tengamos.
El próximo día presento a Pepa y Mara, los Safaris y algo más…

5 comentarios

  1. Querida amiga: que no nos hayamos visto en más de un año no significa que no piense en ti y gracias a este diario tuyo te tengo muy cerca, aunque estés a miles de kilómetros. Sigue disfrutando que yo lo hago a través de ti. bssss. Leila

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  2. Nada que decir tenemos. Solamente que no paramos de maldeciros por la \”envidia sana\” que nos recorre por las venas. Un beso muy fuerte a los dos de Kiko y Rebe. Cuidaros mucho. Seguimos aquí.

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  3. Hola Leila, hablo en nombre de Laura, puesto que a mí me ha contado muchísimas historias sobre ti, sobre tu trabajo. Tanto a Rebe y Kiko como a mí nos encantaría que nos contases miles de historias de tu trabajo. Rebe.. ¿sabes a qué se dedica Leila? A tu profesión fustrada (M.F). Muchas gracias por escribir los tres, por el seguimiento que hacéis y por estar ahí.Besotes

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  4. Heeeeeey, q no comentemos no quiere decir q no te leamos,desde Canarias somos muchos los q te-les seguimos,no lo duden.Sigue emocionándonos con tus historias cielo.Mi zanahorio y yo te echamos de menos.Un abrazo enoooorme a los dos.

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