Dejé de escribir

Dejé de escribir. Dejé de escribir porque dejé de hacerlo para mí. Poco a poco, consciente o no… He ido apagando mis recipientes de reflexiones. Sentía que escribía para otros, sentía que tenía que cuidar lo que escribía, sentía que debía disimular lo que sentía. Sentía que debía escribir elocuentemente, con gracia, con ingenio, no para mí, no para expulsar.

Dejé de hacerlo porque me prohibí sentir para otros. Ha pasado tanto desde la última vez que creo que, como yo, muchos han olvidado mi blog. Estupendo. Olvídenlo y volveré a escribir para mí, como quiera, con errores, fallos, mostrando mi sensación, mi frustración, mi deseo o mi alegría. Pero, sin preocuparme de que tú lo lees, de que puedas percibir en qué mundo ando.

No voy a hablar de ese mundo. Son muchos. Se conectan con diminutas puertas, imperceptibles y voy entrando en ellas, las repito y entro sin enterarme a los nuevos mundos. Unos mejores que otros.

Hoy he hablado con una recién estrenada huérfana. Me habla con sorpresa. Está sorprendida de lo sola que se siente, de lo que duele. Habla con claridad sobre lo más profundo de su dolor porque habla con una veterana. Y sí, le entiendo y se lo digo. Te entiendo. Supongo que le entendemos todos los huérfanos, independientemente de cómo hayan sido los padres. Si no están, te sientes solo para siempre. Uno de los mundos.

Hoy una amiga me ha hablado de su futuro. Suena bien y me alegra. Le he mostrado mi alegría y mi entusiasmo por ella. Debo hacerlo, es mi amiga y debo alegrarme, pero su alegría a mí me ha metido en otro de mis mundos.

Hoy mis pensamientos han cerrado una historia sin fin. Han impuesto la resignación. La sensación es como cuando lees un libro y el final no tiene final. Te quedas parado, a la espera, buscando, cualquier final porque tiene que haberlo. Hoy mis pensamientos me han dicho que, a veces, los finales son como éste. Tercer mundo.

Hoy he repasado capítulos y me he mirado. Me gusta escribir y me gusta escribir aquí. Pero hoy, sólo escribo para mí. No quieras entenderme, ni te busques, porque aquí sólo estoy yo. No quiero que pienses si estoy triste o alegre, si estoy fuerte o débil. No importa cómo esté, lo que importa es que escribo y que lo hago para mí, así que por favor, no te preguntes nada. Sería más fácil si escribiese sobre algo: Música, cómics, libros, política, chorradas de hombres y mujeres. Me escondería entre ellos. Pero yo no soy así. Yo escribo sobre mí, sobre lo que percibo o me rodea y me gusta hacerlo así y me sienta bien, así que déjame no esconderme.

Hoy es un día de mundos. Estoy entre ellos. Algunos los conozco muy bien; otros, todavía no sé ni si existen. Unos, los adoro y siempre deseo estar en ellos. Otros, llegan hasta asustarme. Pero, aunque sean mis mundos, tienen su propia ley y en ella impera eliminarme la memoria intencionadamente para que no recuerde ningún camino a ningún mundo. Y así ando, de puerta en puerta, saludando mundos, sin saber en cuáles me meto hasta que estoy dentro.

Les pongo nombre. No sé llegar a ellos, pero les pongo nombre. Hoy estoy en la burbuja, uno de mis preferidos. Y al final, sí he hablado de mis mundos, pero para mí, sólo para mí.

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